EL PORTAL DIMENSIONAL DE LINCE – ESCRIBE ANTHONY CHOY

Verano de 1982. Cuadra 8 de la Av. Canevaro, en Lima. Barrio bullicioso y alegre, más aún hacia esas horas del atardecer, entre cinco y cinco y media de la tarde. Doña Magda Gamonet de Rojas, mujer joven y guapachosa iba de la mano de sus dos pequeñas hijas, Glenda de 8 y Dalena de 6 años, respectivamente. Venían de distraerse, visitando familiares. Mientras caminaban veían a la gente ir y venir, los microbuses atestados de gente, un panadero en su triciclo viejo, vendiendo biscochos y panes para el lonche, al fondo, a lo lejos las torres del Conjunto Habitacional San Felipe.  Atardecía digo, pero el verano demoraba en diluir la tarde para convertirla en noche definitiva.

Primero fue le silencio, un absoluto, ominoso y pesado silencio. Alguien le había bajado el volumen a la realidad, o eso parecía, sintieron que sus pasos se hacían más lentos, que todo se hacía más lento. De repente, para la joven madre y sus dos pequeñas hijas, todo desapareció, en instantes. Ya no estaban más en la Av. Canevaro, no había autos, panaderos ni gente.

Estaban en una suerte de infinito desierto, y la Avenida de por si estrecha, se había convertido en una inmensa, anchísima, especie de carretera que por ambos lados se perdía en un horizonte como de un sueño. Pero lo que más le llamaba la atención era el cielo. El cielo gris y estático de Lima, había desaparecido y en su lugar era una suerte de efervescencia nacarada y rosada, purpura y fosforescente. Un cielo que nunca habían visto en su vida. “¿Mami donde estamos?, dijo Glenda la mayor de las niñas. Doña Magda, solo les respondió apretando las manitas de sus hijas y balbuceando un “hijitas, caminen nomas, caminen” Ella tampoco tenía una respuesta.

No estaban asustadas, no hubo tiempo para el miedo todo fue tan repentino que estaban asombradas y desconcertadas, pasaban los segundos para las tres que, sobrecogidas, avanzaban sobre ese paraje imposible. A lo lejos, se dan cuenta de lago muy extraño. Se veía una suerte de lejanos y altísimos edificios metálicos que asemejaban decenas de agujas y entre ese horizonte erizado, se veían unas inmensas cupulas de metal bruñido, del tamaño de 3 o 4 estadios juntos, que en su superficie lisa sobresalían, una especie de antenas por todo su alrededor. Algo o alguien vivía allí.

De pronto todo desapareció y volvieron tan drásticamente como al principio, a los micros a la bulla del anochecer limeño, a la avenida Canevaro. Habrían pasado cerca de dos largos minutos.

Presurosamente la mujer se dirigió a su hogar, donde le esperaba su esposo, el contador público Víctor Rojas. Al abrir la puerta, ella, que desesperada quería contarle a su marido lo que había pasado, fue interrumpida por don Víctor que le contó una bizarra historia.

Hacía unos momentos, se había acercado a alzar el volumen del televisor pues el rumor de la ajetreada calle no lo dejaba escuchar su programa. Cuando de pronto todo sonido desapareció excepto de lo que venía del televisor prendido. Asombrado se asomó por la ventana para saber que era lo que venía ocurriendo afuera. Y afuera estaba todo bien, todo igual, salvo un detalle, en la calle no había gente ni autos, solo un barrio estremecedoramente vacío. Pasaron algunos instantes de sordo silencio, cuando de pronto el bullicio regreso. Al poco rato llego su familia al final todos aterrados en familia.

Estoy frente a ellos, los estoy entrevistando. Han pasado cerca de 30 años, los veo, una familia linda, católica normal, pero la pregunta me martillea el cerebro, ¿dónde estuvieron: a un pasado inaudito o al futuro, al futuro que todos auguran para lima, una ciudad en medio del desierto, que al final sucumbió y se ahogó en sus arenales, ¿víctima del cambio climático? ¿a otro planeta, de que remota galaxia? ¿a …  otra dimensión? los veo y veo en sus sanas miradas, el desconcierto que aun les perdura. Y un atisbo de pavor.

Glenda la hija mayor, me confiesa que muchas tardes caminando por algunas calles atestadas de gente, ha sentido el temor que de repente el volumen de la realidad se vuelva a bajar en cualquier momento y que esta vez no regrese de ese infantil viaje que realizó a la dimensión de lo inexplicable.

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