HISTORIA DEL TAMBO LA CABEZONA DE AREQUIPA

El Tambo de la Cabezona fue un conjunto de propiedades ubicadas junto al río Chili y el pasaje Ibáñez, unificadas hacia 1906 por Manuela Bellido, quien compró los predios a varios dueños. El sobrenombre “La Cabezona” tiene dos versiones: una, porque la dueña habría tenido una prominente cabeza; otra, la más aceptada, porque en una época en que las mujeres tenían poca presencia económica (inicios del siglo XX), Manuela destacó por su inteligencia y habilidad para los negocios. Tras el terremoto de 1868, ofreció financiar la reparación del puente a cambio de licencia para construir tiendas, inexistentes en el tambo original del siglo XVII. Su capacidad para negociar y expandir propiedades consolidó el lugar, que luego pasaría a manos de otros propietarios, hasta quedar totalmente integrado bajo descendientes como Elvira Vélez de Soto, bisabuela de uno de los dueños actuales.

A pocos pasos de la Plaza de Armas de Arequipa, escondido entre las transitadas calles del centro histórico, se encuentra el Tambo La Cabezona, una joya arquitectónica que parece detenida en el tiempo. Ubicado en la calle Puente Bolognesi, este conjunto de viviendas coloniales conserva entre sus muros siglos de historia, resistencia, transformación y vida cotidiana. Más que una construcción, es una micro ciudad que ha resistido terremotos, olvido y amenazas de demolición para convertirse hoy en un símbolo de la identidad arequipeña.

DE MOLINO A VECINDARIO: LOS ORÍGENES DEL TAMBO

Según el especialista en patrimonio, William Palomino, el Tambo La Cabezona tiene origen en el siglo XIX, cuando funcionaba como molino de almidón, aprovechando su cercanía al río Chili. Su primer propietario conocido fue Juan de Dios Rodríguez, y posteriormente pasó a manos del militar Araníbar Bellido. En sus años más prósperos, el tambo fue un punto vital en el flujo comercial de Arequipa: aquí llegaban comerciantes de distintas partes del país, trayendo productos, historias y costumbres que enriquecían la dinámica del lugar.

Como otros tambos de la ciudad, fue concebido para albergar y abastecer a viajeros y comerciantes que cruzaban la ruta hacia el puerto de Islay. Su ubicación estratégica cerca del único puente de ingreso a Arequipa facilitaba esta función. Con el tiempo, el tambo se fue transformando en una unidad vecinal multifamiliar, preservando su espíritu comunitario.

UNA ARQUITECTURA CON ALMA

Construido principalmente en sillar blanco, la piedra volcánica característica de Arequipa, el tambo se organiza en torno a dos grandes patios conectados por un zaguán central. La edificación hacia la calle Bolognesi tiene tres niveles, mientras que el resto conserva dos. Entre sus rincones aún se pueden encontrar chombas antiguas, altillos de madera, balcones de estilo republicano y callecitas empedradas adornadas con geranios.

Durante décadas, La Cabezona fue mucho más que una vivienda colectiva. Albergó una imprenta, una curtiembre, una botica, una bodega de abarrotes, talleres de guitarra y sastrerías. También fue testigo de revueltas: una de sus habitaciones conserva balas de cañón y armas de la revolución de 1867, que estalló contra el gobierno de Prado.

A comienzos del siglo XXI, el tambo estaba en riesgo. La falta de mantenimiento y los daños estructurales causados por el terremoto del 2001 amenazaban con derrumbar sus muros centenarios. Fue entonces que, gracias a un convenio entre la Municipalidad Provincial de Arequipa, la Gerencia del Centro Histórico, y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), se emprendió un ambicioso proceso de rehabilitación integral.

Desde 2005 hasta 2010, un equipo de arquitectos —entre ellos Luis Maldonado, Kelly Llerena, Daniel Paredes, Julio Azpilcueta y el mismo William Palomino— lideró la restauración, priorizando el respeto al diseño original. Se consolidaron estructuras en peligro, se rehabilitaron patios, escaleras, altillos y fachadas, y se modernizaron las instalaciones de agua, desagüe y electricidad.

Uno de los retos más delicados fue negociar con los propietarios de las viviendas, persuadiéndolos de ceder parte de sus espacios comunes a cambio de mejoras interiores. Este trabajo de diálogo y compromiso comunitario fue clave para el éxito del proyecto.

La restauración de La Cabezona no fue solo una obra física, sino también un acto de justicia patrimonial y social. Así lo señaló la arquitecta y docente Mónica Loayza Vela, quien resalta que el tambo se mantiene vivo gracias a sus habitantes: «No hay mejor manera de preservar el patrimonio que permitiendo a estas familias seguir echando raíces aquí».

DE VECINDARIO A ESPACIO CULTURAL

En 2017, el proyecto “La Cabezona, tambo de la memoria”, impulsado por Mónica Loayza y el fotógrafo Carlos Subia Narváez, fue premiado por el Ministerio de Cultura. El proyecto consistió en la publicación de un libro que no solo recoge la historia arquitectónica del tambo, sino también las voces de las once familias que aún lo habitan. A través de fotos inéditas, crónicas y testimonios, se reconstruye la historia de este espacio como núcleo de oficios, encuentros y memorias.

Entre las anécdotas más entrañables está la del equipo de fútbol Sport Chili, formado por generaciones de vecinos del tambo, que llegó a competir en la primera división distrital en 1994. Historias como esta revelan que La Cabezona no es un museo congelado, sino un organismo vivo, donde el pasado y el presente dialogan todos los días.

La importancia del tambo trascendió fronteras cuando, el 25 de noviembre de 2010, los entonces Príncipes de Asturias, Felipe de Borbón y Letizia Ortiz, visitaron el proyecto de rehabilitación como parte de su agenda oficial en Perú. Su llegada generó gran expectativa entre los arequipeños, quienes los recibieron con entusiasmo.

Durante aproximadamente 20 minutos, los príncipes recorrieron el tambo, dialogaron con vecinos y conocieron de cerca el proceso de recuperación liderado por la cooperación española. La visita fue simbólica: representó el respaldo de España a la conservación del patrimonio latinoamericano, y reforzó los lazos entre Arequipa y el mundo.

Posteriormente, participaron en un almuerzo oficial ofrecido por el gobierno regional en la Casa del Moral, donde degustaron platos típicos como rocoto relleno, pastel de papa, picante de camarones y queso helado.

Hoy, con más de 2.700 m² de extensión, el Tambo La Cabezona es un modelo de recuperación urbana. Ha sido galardonado por la XIV Bienal Nacional de Arquitectura Peruana y forma parte del circuito patrimonial de la ciudad.

Más allá de sus muros restaurados, lo que le da vida son sus habitantes: abuelas sentadas en los umbrales, niños jugando entre los patios, el eco de conversaciones entre ventanas y las huellas de generaciones que vivieron y resistieron aquí.

En un contexto donde muchos tambos corren el riesgo de quedar deshabitados y convertirse en ruinas turísticas, La Cabezona demuestra que el patrimonio más valioso es el que sigue en uso, el que se adapta sin traicionar su esencia.

Preservar estos espacios no es solo conservar piedras antiguas: es proteger la memoria de una ciudad, los lazos comunitarios, y las historias que aún no se han contado.

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