EL CAMAQUEN Y LA MAGIA DE LA CULEBRA

Hace varios días atrás vengo revisando diferentes manuscritos en busca de la magia asociada a los sapos y las culebras. Me interesó este relato pues combina además otro elemento la energía de los ancestros o camaquen que yo asociaba únicamente con la fuerza que existen en los hombres y sus momias, pero que hoy, veremos, nos plantea algo nuevo.

Este valioso testimonio fue recogido en Huarochirí. Este Texto fue revisado por Pierre Duviols. Corresponde a un documento donde se recoge el pensamiento mágico popular de los Andes prehispánicos de mediados del siglo XVI, por Hernández Príncipe sobre ceremonias mágicas con animales. Y lo compartimos a continuación:

El testigo contó que el abuelo de don Alonso, llamado Guara Yacolla, vivía en el machay (cueva o santuario) de Choqueruento. Este hombre, que fue visitado y quemado por orden del visitador (es decir, un sacerdote o funcionario de la Inquisición), tenía una hermana llamada Chanantta, que había estado enferma durante cinco años, debilitándose cada vez más.

Muchos curanderos intentaron sanarla con diferentes remedios, pero ninguno tuvo éxito. Entonces Guara Yacolla decidió convertirse en guacamanci (hechicero o adivino), y viajó hasta las provincias de Canta y Yauyos, donde vivía un famoso curandero llamado Guachaca Urau Yanca Urau. Guara Yacolla le pidió que viniera a curar a su hermana, y el curandero aceptó, pero puso una condición: que le entregara dos chacras (parcelas de cultivo) llamadas Guangri y Cocharrini, además de otra llamada Churupas Cuyan, para alimentarse y beber durante el tratamiento.

Algunos días después, Urau llegó y se instaló en Achacoto, en su fortaleza (pucara). Allí los aldeanos lo recibieron, llevando una llama blanca adornada con plumas de pájaro, chicha (bebida fermentada de maíz) y ofrendas. Urau realizó su ceremonia, ordenando mantener la llama prendida, y don Alonso, nieto de Yacolla, le rindió culto.

El curandero le dijo entonces que la enfermedad de la mujer había comenzado porque ella le había arrancado la cola a una culebra sagrada llamada camaquen que pertenecía a su hermano Guara Yacolla. Esa culebra, llamada Guayamarca, tenía plumas de papagayo en la cola. Un día, cuando la culebra subió desde la tierra para beber agua al río, la mujer la vio y, pensando que eran simples plumas de colores, se las quitó.

Al hacerlo, ofendió al espíritu, y esa falta fue la causa de su enfermedad durante cinco años. Más tarde, la mujer mejoró y fue a regar su chacra llamada Rabianqui, donde vio de nuevo a la culebra en una cueva. La culebra se movía lentamente, mostrando la cola con plumas. En la tradición local se dice que estas culebras gigantes —llamadas guayarras— viven bajo tierra y pueden hacer caer los cerros cuando se mueven. Por eso, cuando un cerro se derrumba, se dice que lo hizo el guayatira.

El abuelo de don Alonso decía que su propia culebra camaquen tenía la cola igual que la de esa otra, y que por eso los espíritus del lugar se enojaban con los pobladores. Finalmente, la culebra se fue del pueblo, alejándose hacia un lugar llamado Nau Toccco, a tres leguas de distancia, donde desapareció entre fuego y humo. Desde entonces, los indigenas del lugar siguieron venerando en secreto al camaquen y continuaron practicando esos ritos y ceremonias antiguas que los brujos enseñaban a los demás.

Este relato describe cómo los pueblos andinos concebían el “camaquen” (también escrito camac o camaqen) como una fuerza vital o energía sagrada que anima a los seres vivos y a los elementos naturales.

Según las comunidades campesinas del Apurímac: El camaquen, se definía como la fuerza vital que animaba todo cuanto existía en la faz de la tierra, inclusive los cerros, las piedras, las lagunas, las plantas alimenticias, las medicinales y demás seres sagrados. Los seres vivos o muertos tenían camaquen.

Como esta creencia no pudo ser entendida por los españoles, supusieron que el camaquen era igual al “alma” de la fe judeo-cristiana que está referida a una entidad inmaterial que poseen los seres vivos y que muertos estos “dejan de tener alma”; pero para la fe de nuestros ancestros, los muertos seguían teniendo el camaquen y por eso eran objeto de culto y respeto.

En esta historia, la energía divina se manifiesta como una culebra con plumas, al ser una entidad sobrenatural su energía es más fuerte, es el símbolo del poder terrestre (serpiente) y celeste (plumas), es decir, una unión de los mundos de abajo y de arriba (ukhu pacha y hanan pacha).

Debemos entender que ofender o dañar a un camaquen (como arrancarle la cola) significaba romper el equilibrio con las fuerzas de la naturaleza, lo que traía enfermedad o desgracia. Por eso, la curación implicaba reconciliarse con ese espíritu mediante rituales, ofrendas y sacrificios.

En próximas ediciones les narraré historias asociadas al gran sapo que habita en el lago Titicaca. Sapo que no es cualquier animal, son seres fantásticos que han sido vistos en Puno donde tienen una particular forma de interactuar con el ser humano, y a veces suelen ser peligrosos, sobre todo cuando uno les hace daño.

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