LA TELETRANSPORTACIÓN DEL PADRE URRACA

LAS CRUCES DEL PADRE URRACA: MILAGROS Y SANACIÓN

El eje central de su espiritualidad era la Cruz. Para él no era un adorno, sino un instrumento de poder y purificación. La devoción a sus famosas «crucecitas» nació de una visión en su celda, donde vio al Señor rodeado de ángeles con hábito mercedario repartiendo cruces por el mundo. Casos documentados de sanación por esta vía:

1. Don Luis Guillén: Desahuciado por un tumor cerebral maligno, recuperó la salud en menos de media hora tras atársele una de las crucecitas del padre Urraca.

2. La hija del Contador Jáuregui: Una bebé de seis meses que moría de una convulsión (alferecía) sanó instantáneamente al contacto con la cruz. Al preguntarle el padre quién la había curado, la niña, que aún no hablaba, respondió milagrosamente: «La Cruz del Padre Urraca».

3. El Incendio de la Hacienda Típico: Ante un incendio voraz en un cañaveral, la esposa del capitán Juan de la Daga arrojó una de estas cruces al fuego y las llamas se extinguieron «por encanto».

4. La Resurrección de la niña: El caso más impactante fue el de una niña de 4 años que fue aplastada por las ruedas de una carroza. Dada por muerta, su madre la puso sobre las rodillas de fray Pedro. El fraile, tras un momento de reflexión, aseguró que solo era «un susto». A las 24 horas, la niña despertó completamente sana, conservando solo una marca negra donde la rueda la había atravesado.

PENITENCIA EXTREMA: EL CUERPO LLEVADO AL LÍMITE

Las prácticas de fray Pedro Urraca no conocían la moderación. Incluso para los estándares religiosos de la época, sus sacrificios eran considerados severos. Existen registros detallados de su disciplina: utilizaba un cilicio constante, practicaba la flagelación diaria, realizaba ayunos prolongados y dormía apenas unas horas, casi siempre en el suelo. Algunos testimonios de la época aseguran que su hábito solía estar manchado de sangre, evidencia física de sus mortificaciones. Para él, el sufrimiento no era un exceso, sino el único camino hacia la divinidad.

Debido a esto, fue apodado «El Job de la Ley de Gracia». Su rutina era una perpetua penitencia:

• Mañana: Tras la misa, permanecía horas en el confesionario atendiendo a fieles de toda condición.

• Tarde: Visitaba enfermos y socorría a los necesitados en sus hogares.

• Noche: A las siete se confesaba y oraba por los pecadores. De ocho a diez realizaba oración mental y lectura espiritual.

• Madrugada: De diez a once recorría los claustros descalzos, cargando la pesada cruz que hoy se venera en la Basílica de la Merced, meditando sobre los dolores de Jesucristo.

EL FENÓMENO DE LA TRASLACIÓN: ATRAVESAR LOS MUROS

Entre los relatos más extraordinarios de su vida, destaca un episodio de carácter casi increíble. Se afirma que, en un estado de profundo éxtasis y mientras era perseguido por el demonio, Urraca atravesó un muro físico sin dañarlo. Las descripciones indican que desapareció de un espacio cerrado para aparecer en otro de forma instantánea. En su tiempo, esto se interpretó como una «traslación corporal», un don místico atribuido solo a los santos más elevados. Según la tradición, una hendidura se abrió milagrosamente en la pared para dejarlo pasar mientras cargaba su pesada cruz.

Muchas veces tuvo el honor de ser acompañado en este ejercicio de la disciplina por el insigne y austero Vicario General de la Provincia P. Maestro Alonso Redondo; llegado al Coro tomaba una cruenta disciplina por la conversión de los pecadores, y el resto del tiempo, hasta la una de la mañana, lo empleaba en rezar al oficio Divino. De una a cuatro descansaba, acostado en una tarima de la capilla o sentado en escabel de madera. Nunca ocupó el lecho que tenía en su pequeña celda, hasta que se vio imposibilitado de moverse por efecto de la parálisis. Muchas veces robaba algunos ratos de su corto sueño para salir al claustro a orar o hacer alguna penitencia extraordinaria. Se cuenta que en una de estas ocasiones; después de orar al pie de la cruz, cargo con ella y, perseguido por el demonio, se abrió la pared de una manera milagrosa y el P. Urraca pasó tranquilamente por la hendidura cargando la cruz.

BILOCACIÓN Y PERCEPCIÓN DE LO OCULTO

Otro fenómeno recurrente fue la bilocación: la capacidad de estar en dos lugares al mismo tiempo. Mientras algunos testigos lo veían orando en el coro del convento, otros aseguraban haberlo encontrado simultáneamente en algún punto distante de la ciudad asistiendo a un moribundo. A esto se sumaba el don de «cardiognosis» o conocimiento de los corazones: durante las confesiones, solía revelar pecados que el penitente no se atrevía a mencionar, causando tanto asombro como temor reverencial.

Favores del Cielo y el Don de la Profecía

Fray Pedro fue dotado de una asombrosa capacidad para predecir el futuro y conocer hechos a distancia. En el proceso de su beatificación se mencionan numerosos casos:

• El consuelo a Pedro de Velasco: El futuro presidente de la Audiencia de Quito le rogó por la salud de su hija favorita. Urraca le aseguró que la niña viviría, pero que «Dios se llevaría a otra persona de su casa que le causaría menos pena». Tres días después, la niña sanó y murió una pequeña esclava de la familia.

• La profecía a Catalina de Añasco: Una joven noble enferma de tuberculosis fue enviada a Surco para mejorar. Fray Pedro la visitó y le predijo que sus dos hermanas morirían antes que ella y que ella quedaría para asistirlas. A pesar del diagnóstico médico adverso, Catalina sanó y la profecía se cumplió exactamente años después.

EL MILAGRO DE LA MISA Y LA PARÁLISIS

Durante los últimos tres años de su vida, ocurrió un prodigio que toda Lima ansiaba presenciar. Fray Pedro quedó postrado por la gota y la parálisis; sus manos temblaban tanto que no podía alimentarse por sí mismo y el menor movimiento le causaba gritos de dolor. Sin embargo, al llegar la hora de la misa, el dolor desaparecía.

A las cuatro de la mañana, los enfermeros lo llevaban a rastras hasta el altar. Pero, una vez revestido con los ornamentos, Urraca se transformaba: sus miembros recobraban la agilidad de un joven y celebraba el sacrificio con total soltura. Al terminar la misa y quitarse los ornamentos, la parálisis y el temblor regresaban instantáneamente.

No todas sus experiencias fueron luminosas. Pedro de Urraca también percibía la presencia del mal de forma física. Las crónicas relatan episodios nocturnos de fuerte agitación en los que intensificaba sus oraciones para repeler ataques invisibles. Se decía que era perseguido por el demonio, quien llegaba a golpearlo y trasladarlo a lugares recónditos del convento para intentar quebrantar su voluntad o incluso quitarle la vida. Para Urraca, la vida mística no era solo contemplación, sino una guerra constante contra las sombras.

EL FIN DE LA JORNADA

La muerte de Fray Pedro de Urraca en 1657 no fue vista como un final, sino como un «tránsito consciente» hacia lo divino. Al sentir que sus días terminaban, se despidió con humildad de sus hijos espirituales y pidió a sus superiores morir en la soledad de su celda. Ante la tristeza de su confesor, el fraile respondió con una alegría asombrosa: «¿Por qué se entristece? Alégrese conmigo, pues hace tiempo suspiro por verme libre de este cuerpo».

Un Ayuno de 21 Días y el «Job de Lima»

Sus últimas semanas estuvieron marcadas por fenómenos que desafiaban la biología:

• Sustento Divino: Pasó sus últimos 21 días sin comer ni beber, sobreviviendo únicamente con la comunión diaria, la cual recibía sin dificultad a pesar de tener la boca totalmente reseca.

• El Cuerpo del Sufrimiento: Al morir a los 74 años, quienes lo desvistieron quedaron mudos de asombro; su cuerpo estaba cubierto de llagas ocultas, revelando que había soportado dolores comparables a los del personaje bíblico Job con una serenidad sobrehumana.

MILAGROS POST-MUERTE Y EL FERVOR DE LIMA

La muerte de Urraca desató una serie de sucesos prodigiosos que conmovieron a todo el virreinato:

• Restauración Milagrosa: Sus manos, deformadas y endurecidas por años de gota, recuperaron de pronto la frescura y flexibilidad de la juventud.

• Incorrupción y Aroma: Durante los tres días que estuvo expuesto, su cuerpo no presentó signos de descomposición y emanaba un suave aroma celestial que perfumó todo el convento.

• Duelo de Estado: Su entierro fue la manifestación de fe más grande en la historia de Lima. El Virrey Conde de Alba y la nobleza cargaron su ataúd, el cual tuvo que ser clavado a toda prisa porque la multitud, en su afán de poseer una reliquia, estaba despedazando su hábito.

Fray Pedro fue sepultado en la Basílica de la Merced, donde su tumba sigue siendo un lugar de peregrinación. Aunque su causa de beatificación ha pasado por siglos de pausas y reanudaciones, su legado permanece como el de un hombre que rompió las barreras de la materia: un místico que atravesaba muros, conocía los corazones y abrazaba el dolor como un lenguaje directo con Dios.

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