EL ORIGEN DE PAMPACOLCA

EL SECRETO ROJO DEL COROPUNA

LAS COLCAS OLVIDADAS DE PAMPACOLCA

A más de 4,100 metros de altitud, donde el viento helado de la cordillera andina susurra historias de antiguos imperios, se erige uno de los secretos mejor guardados de la arqueología arequipeña. Bajo la imponente silueta del nevado Coropuna, el sitio arqueológico de Las Colcas de Pampacolca (también conocido históricamente como Culcunche) se presenta ante el viajero moderno no solo como un portento de la ingeniería logística incaica, sino como la clave misma que dio nombre a toda una región.

Para entender el valor de Las Colcas de Pampacolca, debemos viajar primero en la memoria de sus exploradores. El investigador Jesús E. Cabrera relata cómo la semilla de este descubrimiento se sembró en su propia infancia durante la década de 1970. En aquellos años, recorriendo a lomo de bestia los antiguos senderos junto a su padre, don Heradio Vera Moya, escuchó por primera vez una revelación que guiaría sus pasos décadas más tarde:

«Durante el viaje, incomodado por los fuertes vientos helados, solía escuchar de mi padre la descripción del paisaje, sus nombres y curiosidades; en una oportunidad, señalando al cerro Yarjapampa dijo que allí había unas ruinas bonitas poco conocidas».

Esta revelación familiar permaneció latente hasta que el 26 de mayo de 2026, siguiendo las huellas históricas de la célebre expedición de Hiram Bingham de 1911 en su ascenso al nevado Coropuna, Cabrera decidió adentrarse en la escarpada geografía para documentar y fotografiar científicamente el lugar. Lo que encontró sobrepasó las expectativas: un complejo monumental que desafía el paso de los siglos y que redefine la etnohistoria del valle.

El sitio arqueológico se asienta sobre un promontorio rocoso del cerro Yarjapampa, a una altitud oscilante entre los 4,100 y 4,170 metros sobre el nivel del mar, dentro del territorio de la Comunidad Campesina de Río Blanco. Llegar hasta aquí es una experiencia en sí misma; tras dejar la carretera nacional 107 en el desvío hacia Río Blanco, el viajero debe recorrer un tramo de trocha carrozable y luego caminar a través de un antiguo Cápac Ñan (camino inca), cruzando una pampa de unos 700 metros de longitud antes de ingresar al recinto.

La elección de este espolón rocoso no fue casualidad. Los arquitectos del Tahuantinsuyo poseían un conocimiento avanzado del clima y la topografía. Al construir las colcas (del quechua qullqa, que significa «depósito» o «granero») en una zona elevada y azotada por vientos constantes, aprovecharon las bajas temperaturas nocturnas y la escasa humedad como un sistema de refrigeración natural para conservar los alimentos.

A diferencia de otros grandes centros de almacenamiento de carácter regional distribuidos a lo largo del río Apurímac, Las Colcas de Pampacolca tenían una escala local. Su función primordial era asegurar el sustento diario y la redistribución de recursos para la comunidad de Pampacolca y los pueblos vecinos de Viraco, Machaguay y Tipán, protegiéndolos contra las inclemencias climáticas o las malas cosechas. Aquí se almacenaban riquezas de la tierra: papas secas, chuño, quinua, maíz, carne salada (charqui), además de textiles y valiosas herramientas de trabajo.

UN HALLAZGO SIN PRECEDENTES

Lo que realmente ha conmocionado a los investigadores en las recientes exploraciones de 2026 es el componente cromático de las ruinas. El estudio microscópico y colorimétrico de la piedra laja reveló rastros de un pigmento rojizo masivo en los exteriores y jambas de las puertas.  «El estudio microscópico y colorimétrico de la superficie exterior de las colcas muestran una coloración rojiza intensa, conservada en unas lajas más que en otras; esto indica que, al menos la pared exterior y puerta de las colcas, fueron pintadas con ocres molidos de color rojo».

Este detalle no es menor. El uso de pintura roja masiva, sin iconografía rupestre previa, confiere al conjunto una suntuosidad y fastuosidad visual que debió haber sido impresionante a la distancia, brillando bajo el sol andino frente a las nieves perpetuas del Coropuna.  Además de su innegable valor arqueológico, este sitio guarda el secreto del origen del nombre del distrito de Pampacolca. La etnohistoria nos traslada al año 1536, momento en que los primeros conquistadores españoles arribaron a este valle interandino.

Buscando provisiones y asombrados por la majestuosidad de la infraestructura, los europeos preguntaron a los naturales por los depósitos de alimentos. Los nativos señalaron hacia el bofedal y la quebrada de Huayllaura, donde se ubicaban las veinte colcas y sus llanuras adyacentes.

Al unir la geografía de las llanuras (pampas) con la suntuosidad de los almacenes (colcas), los españoles bautizaron la zona, tal como explica Cabrera: «…al fusionar las dos palabras, pampa y colca, dieron origen a la palabra propia Pampacolca, como nombre del pueblo y valle interandino de Pampacolca».

POTENCIAL TURÍSTICO

Uno de los aspectos más hermosos de Las Colcas es el profundo respeto por la geología local que demostraron sus constructores prehispánicos. No se alteraron los afloramientos de roca volcánica del Grupo Barroso Inferior (provenientes de las antiguas erupciones del Coropuna); por el contrario, las colcas se adaptaron a la superficie irregular, tallando las primeras hiladas de piedra para encajar perfectamente con la roca madre. El precipicio natural de 50 metros de profundidad tallado por una antigua morrena glacial al oeste sirvió como defensa natural del recinto.

Actualmente, el estado de conservación del sitio es regular, con algunos muros caídos y dinteles dañados por sismos. Sin embargo, su ubicación remota y de difícil acceso lo salvó de un destino trágico: a diferencia de la vecina ciudadela de Maucallacta, cuyas piedras fueron saqueadas durante la colonia para construir casas y obras públicas en el pueblo de Pampacolca, las piedras de Las Colcas permanecen completas en su sitio, esperando pacientemente su reconstrucción.

ARQUITECTURA DE LAS COLCAS

Al ingresar al recinto, el diseño urbano de revela una planificación impecable:

Distribución en «L»: El complejo principal consta de quince colcas organizadas en tres hileras de 7, 3 y 5 estructuras, manteniendo una distancia mínima de 1.50 metros entre sí para facilitar el tránsito y la ventilación.

La Colca de la Cima: Una estructura corona de manera señorial el punto más alto del promontorio.

La Aduana Rectangular: Mientras que casi todas las colcas son circulares (de 4 metros de diámetro y 2.50 metros de altura), existe una edificación rectangular de 7.5 x 3.5 metros junto a la entrada, que los investigadores sugieren que «funcionó como aduana o contabilidad para el control de ingresos y egresos».

Detalles Únicos: Las paredes, de 0.50 metros de espesor, muestran un acabado pulcro. Cada colca posee gradas flotantes en su pared exterior para acceder a los techos cónicos (hechos de queñua e ichu) y una única puerta orientada estratégicamente hacia el nevado Coropuna.

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