¿MAMUT EXTINTO CONVIVIÓ CON LOS HOMBRES ANDINOS?

PIEDRAS CANSADAS DEL LAGO TITICACA

Que entre Tiahuanaco y Puma Punku, y la orilla del lago, se hallen bloques de piedra —o llamadas “piedras cansadas”— tiene explicación. Arthur Posnansky, en todos sus años de investigación in situ, adoptando las costumbres locales y viajando extensamente, comprobó en sus diferentes obras que los tiahuanacotas transportaban cierta cantidad de sus bloques de rocas andesíticas en grandes balsas de totora, desde el volcán Kapía, que se encuentra en línea recta a unos 50 kilómetros de las ruinas.

De modo que las piedras que se hallan en ese trayecto no pueden ser otra cosa que la carga de las balsas que allí naufragaron. Estas permanecieron mucho tiempo —miles de años— en el fondo del lago. Y cuando el lago se retiró, aparecieron, lavando entonces la lluvia el lado que cubría su superficie, mas no el otro. Quién sabe cuántas otras han corrido la misma suerte en parajes más o menos lejanos, donde aún hoy permanecen cubiertas por las verdosas olas del lago.

Esos pequeños bloques desparramados entre las ruinas y la orilla del lago sagrado del Titicaca no son ni pueden ser “piedras cansadas”, como se las denomina hoy, porque —fuera de las razones ya expuestas— no poseen ni la vigésima parte de las dimensiones que presentan los demás bloques de igual procedencia que existen en Tiahuanaco, y que, al igual que los otros, no manifiestan señal alguna de haber sido arrastrados. Más bien, durante siglos se han extraído piedras de Tiahuanaco en todas direcciones para construir casas, ingenios de minas, iglesias, etcétera.

METALURGIA ANTEDILUVIANA

En varias regiones de la cordillera se encuentran de vez en cuando cavernas naturales que contienen restos humanos y vestigios de una cultura muy rudimentaria. Hasta ahora no ha sido posible explorar esas cavernas de manera que se pueda emitir un fallo definitivo respecto a las mismas y a su contenido.

Más bien, en la cordillera del altiplano se hallan socavones, o mejor dicho cavernas, abiertas por antiquísimas razas con el objeto de proveerse de metales útiles. Estas se distinguen claramente de las que fueron cavadas por los españoles —existentes también en gran cantidad— como consecuencia de la insaciable sed de oro y metales preciosos que los embargaba y los arrancaba de sus hogares para diseminarlos, movidos por anhelos de riqueza en el Nuevo Mundo.

Aquellas cavernas son restos de antiguos trabajos metalúrgicos muy anteriores a los españoles, cuya remota antigüedad queda manifestada por haber estado hasta hace pocos años cubiertas por el sigiloso manto de los glaciares. Ello deja entrever que, en tiempos inmemoriales, una raza inteligente, llena de energía y vigor, se proveía en las entrañas de la cordillera de metales útiles, pero no preciosos.

Estos trabajos no han dejado señal alguna del uso de pólvora ni de herramientas de acero, como las empleadas por los españoles. Fueron ejecutados abriendo hendiduras en la roca mediante cinceles de sílex, en cuyas rajaduras se introducían luego cuñas de madera que, al ser humedecidas, por la fuerza expansiva del agua producían la fractura de la roca.

¿Qué clase de metal buscaba el hombre prehistórico de los Andes en el seno de las montañas, en un tiempo tan remoto? ¿Era el oro o la plata? Seguramente que no. Un metal mucho más útil lo impulsó a subir a las más altas cumbres de la cordillera andina: el estaño, del cual se proveía para dar, en la fundición, la fluidez y dureza necesarias al cobre con el que fabricaba sus ídolos, armas, herramientas, adornos y las llaves de contención —sellos en forma de T— de sus megalíticos edificios.

HOMBRES Y MEGAFAUNA EXTINTA

Posnansky narra ahora un hecho increíble ocurrido durante sus excavaciones: la evidencia de una antigua raza americana oriunda, de cráneo alargado de nacimiento. Dice: “Tiwanaku, en los tiempos en que era península del gran lago salado, hallóse, a una profundidad considerable, debajo de unas construcciones, en una capa muy inferior a todos los monumentos —esto es, en el montículo que más tarde formó la base del cerro artificial de Akapana— fragmentos de un esqueleto de una época extraordinariamente remota, perteneciente sin duda a uno de los primeros habitantes de la región lacustre.

El cráneo fue hallado en el estrato más antiguo y pertenecía, según nuestras investigaciones, a un individuo predecesor de aquellos grupos de razas que más tarde levantaron los portentosos monumentos megalíticos de Tiahuanaco. El hecho de que el cráneo se haya fosilizado, a pesar de que la composición química del terreno era apropiada para su conservación, y de haber sido hallado a gran profundidad, correspondiente al estrato de cultura más antigua, donde se encuentran igualmente esqueletos y fauna extinta, constituye una prueba irrefutable de su enorme antigüedad.

Por ende, este cráneo debe ser considerado —sin tomar en cuenta los hallazgos argentinos— uno de los más antiguos cráneos humanos hallados en América del Sur. Su forma demuestra una evolución muy adelantada, sin presentar rasgos teriomorfos remarcables. Es un cráneo antiguo, sin rasgos simiescos. Se trata de un homínido sapiens americano: un Homo Andinae.

El cráneo es dolicocéfalo (alargado), característica de la raza primitiva que pobló el altiplano. Puede establecerse que esta tenía como signo típico la dolicocefalia de nacimiento, aumentada desde la infancia mediante una especie de gorro ajustado sobre la cabeza del niño. Más tarde, entre los descendientes de esta raza y otros grupos inmigrados, la deformación fue producida intencionalmente —ya sea por motivos estéticos u otros— mediante fajas que circundaban el cráneo, aplastando las regiones frontal, parietal, temporal y occipital, alargando la cabeza cilíndricamente hacia atrás mientras su diámetro disminuía.

Dice Posnansky que el altiplano andino alberga seguramente descendientes directos de este grupo dolicocéfalo, que habría constituido a los habitantes primitivos de la región. Existen además otros grupos raciales que difieren somáticamente entre sí y que probablemente descienden de inmigraciones posteriores. El hombre prehistórico vivía en el altiplano junto a una fauna en parte extinta y en parte degenerada. Los vestigios más antiguos de esta fauna se hallan en los aluviones de Ulloma, que en tiempos antiquísimos fue una península del Gran Lago Andino.

Según investigaciones modernas —como las de Graham Hancock— algunos de estos animales pueden verse representados en los petroglifos y monolitos antidiluvianos de Tiahuanaco. En el área de Kalasasaya se encuentra la famosa Puerta del Sol, que contiene numerosas figuras talladas en piedra, muchas de ellas difíciles de interpretar. Una de estas representaciones presenta de manera sorprendente la forma de un elefante, con colmillos y trompa, o bien dos cóndores espalda con espalda que, al observarse de cierta forma, evocan claramente esa figura. Esto resulta intrigante si se considera que el elefante —o su pariente americano— se extinguió hace más de 12.000 años, durante el período del Younger Dryas.

Asimismo, en el templete semisubterráneo se encuentra una figura central, universalmente reconocida como Viracocha, con barba y bigote. En uno de los lados de su cabeza aparece representado un animal curioso que hoy no existe en los Andes, pero que sí existió hasta el Younger Dryas: el toxodonte. La representación es notablemente precisa. No se deben extraer conclusiones apresuradas, pero estas representaciones de animales extintos en un contexto supuestamente más reciente generan profundas interrogantes. Es de suponer que el habitante prehistórico escogió este lugar como morada por estar en gran parte rodeado de agua, lo cual le ofrecía refugio frente a las fieras de tierra firme y protección ante hordas enemigas, de modo similar a las ciudades lacustres de Europa.

Una de las comarcas más favorables para la vida y la cultura fue aquella donde hoy reposan las célebres ruinas de Tiahuanaco, cuyas montañas contenían los metales necesarios y cuyas planicies permitían grandes cultivos, alimentando así a numerosas poblaciones con productos agrícolas y peces del lago. Esta península reunía las mejores condiciones y estaba unida a tierra firme. Por ello fue elegida por el grupo más inteligente, sirviendo luego como base para edificar la gran metrópoli religiosa, política y megalítica de Tiahuanaco.

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