En los últimos días, se han escuchado numerosas referencias a terapias alternativas, desde productos provenientes de la naturaleza, hasta misteriosas meditaciones y fuerzas energéticas para recuperar la salud física y mental, buscando de esa manera mejorar el sistema inmunológico; algunas han llamado poderosamente la atención porque podrían funcionar, otras son inocuas y también bastantes de ellas, “según los expertos de la salud, hasta peligrosas”. Claro, no podemos dejar de mencionar, la reciente censura mundial de algunas plataformas de redes sociales, que han cerrado cuentas de divulgadores con millones de seguidores por difundir estas terapias y curas milagrosas.
Pero lo que hoy es censura, en los tiempos de Jesús, era de lo más común y comentado, los hombres que obraban milagros eran perfectamente conocidos por los diferentes pueblos del mundo antiguo, claro algunos eran calificados como timadores, pero otros incluso eran tomados por dioses. Estas actitudes son entendibles porque se vivía en un periodo en el que la ciencia y la medicina tenían muchos límites y eran escasas. Es sabido que Jesús de Nazareth era seguido por multitudes por su don de sanación, otros los seguían impactados por los prodigios o milagros que realizaba y muy pocos realmente por su mensaje.
Uno de los evangelios de la Biblia donde encontramos más milagros obrados por Jesús, es el de Marcos, donde se cuentan hasta diecisiete milagros. Mas de la mitad de ellos tienen lugar en Galilea, otro grupo está en territorio pagano. Recordemos que Galilea era tierra de paganos, y según la visión antigua eran tierras alejadas de la mano de Dios. Entonces podemos entender que Jesús elige estas regiones marginadas para mostrarse como el hijo de Dios, precisamente para demostrar que “no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos”.
Según el evangelio, Jesús no se limitaba a curar en algún día en especial, cualquier momento era bueno, incluso sábado, día sagrado para los judíos y en el que estaba prohibida cualquier actividad. Para Jesús lo “sagrado” no es el “sabatt”, sino hacer el bien a quien lo necesite.

¿Y A QUIÉNES CURABA EL MESÍAS?
Pues curaba a ciegos, leprosos, endemoniados, enfermedades que acarreaban una fuerte exclusión social. La curación de Jesús les integra nuevamente en la dinámica social. Les devuelve la dignidad humana y religiosa y les capacita para la acción. Pero las curaciones de Jesús van más allá de la magia, él dialoga con el enfermo, comparte sus preocupaciones, se interesa por su alma, los acompaña personalmente y ofrece un futuro antes negado para ellos.
Queda claro que estamos frente a un hombre prodigioso, capaz de dominar la naturaleza, poseedor del don de la profecía y la telepatía, con la capacidad de volverse invisible y de resucitar a los muertos, como hemos repasado, sanador del cuerpo y del alma (médico y exorcista) poseedor del dominio sobre la materia (conversión del agua en vino, multiplicación de los panes y peces) y de un largo etcétera.
¿LAS ENFERMEDADES ERAN PROVOCADAS POR DEMONIOS?
En la piel del mundo antiguo, la enfermedad no era un accidente biológico: era un gesto del Otro. Los pueblos nombraban la fiebre, la locura o la plaga con palabras que mezclaban lo sagrado y lo temible —demonios, malos espíritus, ofensas a los dioses— y los ritos, con sus conjuros y exorcismos, eran la respuesta lógica. Hoy, mirando con microscopios y secuenciadores, sabemos que detrás de muchas de esas historias había microbios: bacterias, virus y parásitos que actúan según leyes biológicas. El misterio no desaparece; solamente cambia de idioma.
Bacterias y virus son entidades muy distintas: las bacterias son células completas (unicelulares) capaces de vivir y reproducirse por sí mismas; muchas son benignas o útiles, otras causan enfermedades (peste, tuberculosis, cólera). Los virus son fragmentos genéticos envueltos en cápside que necesitan invadir células para reproducirse; su modo de ataque y evasión (inflamación, fiebre, daño celular) se solapó históricamente con la idea de posesión o castigo divino cuando la medicina carecía de causalidad física.
Los episodios colectivos —pestes medievales, epidemias coloniales— reforzaron la interpretación religiosa o demonológica: no era raro que comunidades enteras leyeran la peste como venganza celestial y respondieran con penitencias, procesiones o ejecuciones de chivos expiatorios.
Los parásitos ocupan un lugar intermedio —y fascinante— entre lo visible y lo oculto. A diferencia de bacterias y virus, muchos parásitos tienen ciclos complejos que requieren hospederos distintos y pueden manipular el comportamiento del huésped para completar su ciclo vital. Los biólogos han documentado por décadas ese fenómeno en insectos y roedores; en humanos la literatura más conocida apunta a Toxoplasma gondii: un protozoo cuya infección crónica se relaciona con cambios sutiles de comportamiento en roedores (pérdida del miedo al olor felino) y, según estudios, con alteraciones en la conducta humana (mayor impulsividad, variaciones en personalidad, asociaciones con ciertos riesgos).

Que una criatura microscópica pueda “empujar” comportamientos amplifica la hipótesis que alguna vez fue folklore: lo que los ancianos llamaban “espíritu que obliga” hoy lo pensamos como manipulación biológica. En paralelo, la investigación sobre el eje microbiota-intestino-cerebro muestra que bacterias intestinales influyen en el apetito, el ánimo y la toma de decisiones mediante metabolitos y señales nerviosas: la biología —y no solamente la moral— puede «exigir» comida o cambios de conducta.
Esa convergencia entre leyenda y biología no anula la potencia simbólica de los ritos: en el pasado el exorcismo, la purga, la ofrenda o la procesión cumplían una función social crítica —explicar lo inexplicable, contener el miedo, dar sentido y cohesionar la comunidad. Pensemos en los evangelios: los relatos de Jesús expulsando demonios o curando enfermos (por ejemplo, la historia del endemoniado en los Evangelios sinópticos) fueron interpretados por generaciones como actos de liberación contra fuerzas oscuras. Hoy leemos esos relatos también como descripciones tempranas de prácticas de sanación comunitaria frente a trastornos que la ciencia aún no comprendía.
El puente entre ambas miradas —ritual y biología— puede abrir nuevos enfoques. Reconocer que algunos fenómenos catalogados como “posesión” tuvieron causas biológicas (infecciones, parasitosis, daños neurológicos, intoxicaciones) no disminuye la necesidad ritual de acompañamiento social y simbólico.
Por el contrario: nos invita a una medicina más completa que combine diagnóstico científico, compasión ritual y acompañamiento comunitario. Y no menos inquietante: nos recuerda que la naturaleza, en su microescala, puede ejercer presiones sobre la mente y el comportamiento que hasta hace poco le atribuíamos únicamente a fuerzas sobrenaturales.