EXHUMACIÓN ALIENÍGENA

06/07/2025

Luis era el único y el más viejo cuidante del cementerio municipal de la pequeña ciudad. Había trabajado en ese lugar durante más de treinta años, y se había encargado de innumerables entierros y exhumaciones. Pero en los últimos meses, algo extraño estaba sucediendo en el cementerio. Los cadáveres de algunas tumbas estaban desapareciendo misteriosamente.

Luis pensó que podría tratarse de robos perpetrados por roba tumbas, quizá de esos jovencitos que buscan llevarse algún NN para sus prácticas de medicina. Pero cuando la cantidad de cadáveres desaparecidos comenzó a aumentar. Pues no solo se trataba de cuerpos antiguos, sino también de los más recientes, y ante la ausencia de responsables que deberían haber estado vigilando, decidió que tenía que descubrir qué estaba pasando y quién estaba detrás de todo esto.

Obviamente no reportó el hecho a la policía, pues podrían acusarlo de cómplice, o al menos de responsable por omisión. Temía que descubrieran que él no hacía sus rondas. Que se la pasaba durmiendo. Porque solo soltaba a los perros. Siempre había hecho lo mismo. Los animales eran muy ruidosos y agresivos ante el mínimo intruso; siempre habían sido su alarma y solución. Llevaba años confiando en ese sistema.

Quizás ahora su trabajo estaba en peligro. Pensarían que era un vigilante descuidado. Pero podría jurar que nadie, aparte de él, pernoctaba o deambulaba por el cementerio. Nadie ingresaba.

Nada paso por un tiempo. Pero ese día, como nunca, enterraron a muchas personas. Sin duda, era una gran tentación para los saqueadores de tumbas. Esa noche, después de cerrar las enormes puertas del cementerio. Luis decidió hacer guardia. Se quedaría allí para vigilar y tratar de atrapar a los ladrones. Se llevó una botella de trago y algunos cigarrillos para acompañar su soledad y se dirigió a un punto ciego del campo santo que tenía identificado.  Desde allí tendría una gran vista panorámica. Pasaron muchas horas y nada ocurrió, cuando pensó retirarse a dormir. Sucedió algo increíble. Una potente, enorme y silenciosa luz irrumpió de la nada sobre la zona de tumbas.

Los perros la miraban petrificados. No se movían. Es más. Él mismo estaba totalmente entumecido, no podía dar ni un paso. De la nada todo se llenó de una neblina. Pero ahora todo estaba más claro. Porque la luz ya no lo cegaba, y por fin vio al objeto metálico en frente. Que duda cabía era un ovni.

De pronto alcanzó a ver una imagen fantasmagórica. Un ataúd completo se elevaba por los aires, dejando un forado en la tierra. El cajón fue absorbido por el objeto. Otra vez la luz intensa. Luego todo volvió a la normalidad. La Luz. La neblina. Todo desapareció. Todo estaba calmo.

Pero su mente estaba devastada. Solo atinó a tapar el hueco. Lo rellenó de piedras antes para hacer bulto. Desde ese día nunca más volvió a preocuparse por lo que pasaba en la noche en el viejo cementerio municipal. Perdió la cuenta de cuántos cadáveres se llevaron.

Ahora prefiere tomar y dormir. Ahora tiene miedo de todo. Miedo de que en alguna exhumación, aflore la verdad desde el fondo de la tierra. Que solo exhumen piedras. Que no hallen los ataúdes y los cuerpos que él, sin saberlo, ayudó a desaparecer como un cómplice de los alienígenas.

Escanea este código QR con tu celular para patrocinarnos y ser parte de nuestra misión. ¡Gracias por tu apoyo!

Yape
PayPal