¿LA MUERTE DE JOHN LENNON FUE ANUNCIADA POR LA OUIJA?

08/12/2025

Hay historias que nacen en el borde donde la música se encuentra con la superstición, donde las leyendas se mezclan con la vida de artistas que, sin proponérselo, se convierten en espejos de su propio mito. Entre ellas, pocas son tan inquietantes como la relación entre los Beatles y la ouija, ese tablero que ha sido puente, juguete, amenaza y oráculo. A lo largo de los años, fragmentos de anécdotas dispersas, fotografías antiguas y testimonios casi olvidados han permitido reconstruir un relato que vibra con la misma intensidad que una nota sostenida. Un relato donde la muerte, incluso antes de llegar, pareció anunciarse en voz baja.

La revista Más Allá (enero de 2021) rescató una pieza clave de esta historia: Una fotografía donde se ve a John Lennon, George Harrison y Paul McCartney sentados alrededor de una mesa, con un vaso invertido en el centro. Es una imagen capturada a comienzos de los años sesenta, antes de que la Beatlemanía se desatara sobre el mundo. Ninguno de ellos imaginaba entonces que los periódicos, los estadios llenos o las portadas históricas serían parte inevitable de sus vidas. En aquella época, eran cuatro muchachos inquietos, producto del fervor creativo de Liverpool, explorando todo lo que pudiese estimular su mente. Drogas, alcohol, lecturas esotéricas… y, por supuesto, la ouija.

Fue durante una de esas sesiones improvisadas que Paul McCartney creyó contactar con su madre Mary, fallecida cuando él apenas tenía catorce años. Según contaría McCartney décadas después, el vaso deletreó un mensaje tan inesperado como afectuoso: “Felicidades… hijo… número… uno. En NME”. NME, New Musical Express, era el semanario musical más influyente de Gran Bretaña. El mensaje, casi profético, anticipaba algo que aún no había sucedido: que los Beatles alcanzarían el número uno en sus listas. Pero la sesión se rompió cuando Paul descubrió que George Harrison estaba conteniendo la risa. Una risa que, delataba la travesura. Aquella anécdota había quedado perdida entre cientos de recuerdos hasta que, en 2010, McCartney la rescató para el documental Nowhere Boy. Y sin embargo, hay algo más profundo en ella: incluso como broma, la ouija había ingresado en la vida de los Beatles sin pedir permiso.

Pero el episodio más perturbador no fue aquel. Fue uno que quedó grabado, literalmente, en la televisión británica. Era 1969 y la BBC filmaba 24 Hours: The World of John and Yoko; un documental que mostraba a la pareja en plena efervescencia creativa y personal. Entre cartas de fans, solicitudes de paz y fotografías acumuladas sobre la cama, Lennon tomó un sobre y leyó en voz alta: “Mi tabla ouija me ha informado de que alguien intentará asesinarle. El espíritu de Brian Epstein me ha dado esta información…”. Brian Epstein, el mítico manager de la banda (hoy repudiado por su oscuro pasado), había muerto dos años antes. Yoko sonrío, nerviosa, tratando de ocultar el impacto de aquellas palabras. Las cámaras, frías como siempre, captaron su reacción en un segundo eterno.

La fecha anunciada por la carta era precisa: un 6 de marzo. Se especuló que sería en 1970, pero el destino, como si jugara con el mensaje, aguardó diez años más. John Lennon fue asesinado un 8 de diciembre de 1980 frente al edificio Dakota, un lugar que ya era una leyenda en sí mismo. Allí, en 1967, Roman Polanski había rodado La semilla del diablo, película envuelta en su propia nube de supersticiones. El edificio parecía una antena espiritual, como si ciertas tragedias se sintieran atraídas hacia él. Y Lennon, en múltiples entrevistas, había reconocido creer en los presagios, en los sueños premonitorios y en “esas cosas que uno no termina de entender, pero que están ahí”.

Con el paso de los años surgió otra frase polémica atribuida a Lennon: “Sé que los Beatles tendrán éxito como ningún otro grupo; para ello he vendido mi alma al diablo”. Muchos la consideraron una metáfora, una ironía típica de John, o quizás un malentendido repetido sin control. Pero, a veces, los símbolos se alimentan de coincidencias, y la tragedia final de Lennon terminó por envolver esa frase dentro de un acorde oscuro.

No sería la única interacción de los Beatles con prácticas espiritistas. George Harrison, profundamente atraído por la espiritualidad oriental, confesó que en su juventud participó en varias sesiones de ouija, aunque las consideraba peligrosas. McCartney dijo que Lennon tenía “una fascinación juguetona” por el ocultismo, algo que reforzaron testimonios de la época. Incluso Ringo, siempre pragmático, reconoció que en su adolescencia había usado un tablero con amigos “sólo para ver qué pasaba”. Así, en algún punto de sus vidas, el fenómeno tocó a los cuatro.

Pero es John quien parece haber quedado marcado. No por lo sobrenatural en sí, sino por cómo lo interpretaba. Lennon estaba obsesionado con señales que se repetían, con patrones ocultos en lo cotidiano. Desde sus visiones bajo LSD hasta la sensación de que ciertos números perseguían su biografía. Para él, la ouija no era un juego: era un espejo. Uno en el que, años antes de su muerte, alguien escribió una advertencia que sonó absurda, incluso graciosa, pero que con el tiempo se volvió insoportablemente real.

En ese cruce entre música, superstición y destino, la historia de los Beatles se transforma. Ya no es sólo la narración fascinante de la banda más influyente del siglo XX. Es también la historia de cómo cuatro jóvenes se asomaron al misterio por curiosidad; de cómo un simple tablero de madera dejó sembrada una sombra, un presagio caprichoso que, en el caso de uno de ellos, terminó cumpliéndose de manera brutal. John Lennon murió bajo el eco de un mensaje enviado por una fan, inspirado por una ouija, leído frente a las cámaras, de un espíritu perverso, advertencia de una tragedia que se cumplió con la precisión de metrónomo.

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