Según la tradición que recopiló Clorinda Matto de Turner: Allá por el año 1701, cuando la ciudad del Cusco despedía con ceremonias solemnes al rey Carlos II, vivía entre los claustros dominicos un fraile cuya fama de virtud inquietaba incluso al infierno.
Su nombre: Padre Juan de Tadeo González, dominico, nacido en Paucartambo. Un hombre dócil, humilde, casi tímido… pero tan limpio de alma que, según la tradición, provocaba en Lucifer una mezcla de rabia y obsesión.
El demonio, cuentan, no perdía ocasión de atacarlo. A veces lo hostigaba en plena calle; otras, tomaba forma humana, el “seductor cuerpecillo” de alguna muchacha bonita, para confundirlo y tentarlo. Pero el fraile, aunque débil de cuerpo, era fuerte de espíritu: respondía siempre con su báculo, sus oraciones y una fe que no flaqueaba.
Con los años, la persecución se volvió constante. Fray Tadeo ya no podía caminar sin sentir a su sombra aquel enemigo antiguo. Cansado, decidió encerrarse en el convento de Santo Domingo para llevar una vida de oración continua, lejos del bullicio del mundo… o al menos eso creía.
Una tarde de 1703, mientras paseaba por los claustros del antiguo Palacio del Sol, hoy convento dominico, levantó la mirada hacia el cerro de Sacsayhuamán. Y lo que vio, según el viejo manuscrito, helaría la sangre de cualquiera.
Sobre las piedras centenarias danzaba una cuadrilla de demonios. No eran sombras ni fantasías: eran figuras completas, grotescas, retorcidas, moviéndose en un baile obsceno, como celebrando una victoria que aún no habían conseguido. Aquella fiesta infernal parecía extenderse por toda la cima.
El fraile, temblando, se persignó una y otra vez; rezó cuanto pudo recordar, y sin perder un segundo corrió a avisar al Deán y al Cabildo Eclesiástico. La noticia cayó como un rayo.
El cabildo actuó de inmediato. El Arcediano Dr. Pedro Santiago Concha, hombre enérgico, subió personalmente al cerro para exorcizar el lugar. Al día siguiente se ordenó celebrar misa en la misma cumbre, allí donde los demonios habían danzado. Y como sello de victoria espiritual, los sacerdotes levantaron una gran cruz, acompañada de otras dos más pequeñas.
Aquellas tres cruces, visibles aún desde la ciudad, quedaron clavadas en Sacsayhuamán como testimonio del triunfo sobre el Maligno y defensa permanente contra cualquier intento de profanación. Y aunque los siglos han pasado, la tradición insiste: esa cruz está allí porque un fraile humilde, Juan de Tadeo González, enfrentó sin quererlo una de las más extrañas batallas espirituales del antiguo Cusco. El fraile moriría en 1708, dicen que en paz y victorioso, después de haber soportado años de acoso demoníaco. La gente sencilla aseguraba que dejó como prueba de su lucha esa misma Cruz de Sacsayhuamán, que hasta hoy domina el horizonte como un relicario de piedra, fe y misterio.
