LOS OVNIS NAZIS

11/07/2025

Desde los orígenes de la aviación, los ingenieros soñaron con aparatos capaces de despegar verticalmente, sin la necesidad de largas pistas. Durante la Segunda Guerra Mundial, Alemania se enfrentaba al desafío de mantener su fuerza aérea operativa mientras sus aeródromos eran bombardeados o invadidos. Esto impulsó el desarrollo de tecnologías que permitieran a los aviones despegar desde espacios reducidos, incluso desde túneles o laderas montañosas.

Hitler estaba a la búsqueda de desarrollar la bomba atómica, eso ya no es un secreto. Pero pensemos un momento, y a la luz de los eventos que hemos observado con la actual guerra en Medio Oriente, recordemos que un B-2 fue el que definió la llamada «Guerra de los 12 días», con la operación “El Martillo de Medianoche”, donde fueron bombardeadas las bases nucleares de Irán. Nos damos cuenta entonces de que no solo son importantes las bombas, sino también el vehículo capaz de transportarlas. En esa línea de pensamiento podemos entender la necesidad del Tercer Reich de desarrollar el arma definitiva: el vehículo de despegue vertical y las alas volantes.

Sigamos. En Viena, el ingeniero Reiniger de Heinkel propuso el Lerche-2, una nave equipada con hélices centrales para ascenso vertical y motores a reacción para vuelo horizontal. Sin embargo, su desarrollo se frenó por los fracasos de otro prototipo similar: el Fw Triebflügel de Focke-Wulf, cuyas hélices rotatorias con motores en sus extremos no soportaron las pruebas en túnel de viento.

Entre los diseños más sorprendentes está el Flügelrad/I V-2 de BMW, considerado un posible precursor de los llamados «platillos voladores». No despegaba verticalmente como tal, pero requería muy poca pista para elevarse y alcanzar velocidades cercanas a los 1,000 km/h. Su segunda versión ya incorporaba sistemas para dirigir el empuje del motor, una tecnología avanzada para su época.

La historia oficial minimiza la profundidad de la transferencia tecnológica nazi. En nombre de la victoria, EE. UU. y la URSS absorbieron a los científicos del Reich para sus propios fines. Pero muchos de esos nombres y experimentos permanecen en las sombras. Algunos inventos, como el YB-49, fueron oficialmente desmantelados. Pero quizás no desaparecieron. Otros, como el «transistor» o la «visión nocturna», cambiaron el mundo sin mencionar su oscuro origen. Y sobre todo, los rumores sobre tecnología anti gravitatoria, platillos alemanes, sistemas de implosión o discos Schauberger siguen alimentando preguntas hasta hoy. Exploremos estas teorías prohibidas que, aunque no han sido comprobadas, nos siguen llenando de intriga.

Viktor Schauberger (1885-1958) fue un inventor austríaco fascinante, conocido por sus teorías sobre vórtices de agua y propulsión natural. Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis lo presionaron para desarrollar una máquina antigravedad basada en estas técnicas. En 1940 creó un prototipo llamado Repulsine A, con forma de disco, que generaba elevación mediante vórtices de aire. El aparato demostró levitación, pero resultó inestable y peligroso. Incluso golpeó el techo del laboratorio.

A pesar de ser detenido brevemente, Schauberger fue forzado a trabajar en versiones posteriores (como el Vril 7) e incluso en submarinos silenciosos. Al finalizar la guerra, fue llevado a EE.UU. para interrogatorios, aunque poco se reveló. Posteriormente se dedicó a proyectos civiles (agua, purificación, energía y sustentabilidad) hasta su muerte en 1958.

El SS Hans Kammler (1901-1945) fue uno de los principales ingenieros nazis. Dirigió la construcción de misiles V-2, cazas Me 262 y la red de campos de concentración. En sus últimos días, supervisó proyectos secretos como Die Glocke («La Campana»), una supuesta «arma maravillosa» antigravedad con propiedades extrañas.

Al final de la guerra, desapareció en mayo de 1945. Su muerte fue declarada oficialmente, pero nunca se halló su cadáver. Investigadores especulan que pudo haber sido capturado por EE.UU. (Operación Paperclip) y trabajado en secreto gracias a su conocimiento técnico.

Como apuntamos. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la URSS se repartieron la ciencia del Tercer Reich como botín. En lugar de admitirlo, lo ocultaron. Y lo hicieron tan bien que los ciudadanos no sabían lo que sus propios gobiernos estaban desarrollando sobre sus cabezas.

En palabras de Francisco J. Mañez en El informe Northrop: “El plan de ocultación militar me maravilla por su grado de efectividad: no existe ni un solo testigo que, en los años del incidente de Roswell, diga haber visto un avión experimental en la zona”. Pero lo que sí hubo —y en abundancia— fueron testimonios de luces, objetos metálicos, figuras no humanas y silencios forzados.

¿Es posible que los ingenieros nazis capturados por los aliados y distribuidos en las bases secretas de Nuevo México y alrededores hayan continuado con estas pruebas? ¿Acaso son los responsables de los misteriosos avistamientos de Nevada y del área 51?

Retrocediendo más aún, nos preguntamos por qué el año 1947 fue testigo de una paradoja histórica. Mientras Estados Unidos comenzaba a experimentar abiertamente con tecnología alemana avanzada, alas volantes, aviones a reacción, discos rotatorios y sistemas anti gravitatorios, lo que realmente llenaba los cielos y la prensa no eran esos prototipos… sino los Objetos Voladores No Identificados.

La contradicción salta a la vista: en un periodo donde los desiertos de Nuevo México y Nevada eran campos de pruebas repletos de accidentes, no se reportaron restos de alas volantes alemanas. Ni siquiera cuando se estrellaban. En cambio, lo que la gente decía ver eran platillos voladores, luces misteriosas y naves extraterrestres.

¿Es posible que esas «naves de otro mundo» fueran en realidad los secretos de ingeniería nazi bajo nuevas banderas? ¿Y que, por conveniencia o necesidad, el relato OVNI se impusiera al verdadero?

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