Agosto no es un mes cualquiera. En la tradición andina, es el mes en que la tierra se abre: la Pachamama muestra su boca, sedienta y vulnerable, esperando la reciprocidad del ser humano. Las «pagapus» u «ofrendas» son rituales que buscan alimentar a la Madre Tierra con hojas de coca, grasa de llama, maíz, chicha, dulces y fetos de alpaca. Es el momento de reestablecer el equilibrio.
No es casual que este mes coincida con las mayores heladas, los vientos, las enfermedades respiratorias, pero también con la siembra en varias zonas altoandinas. Psicológicamente, representa el descenso al Ukhu Pacha: el inconsciente, lo profundo, lo escondido. Es una etapa de introspección y de renuncia. Solo luego de «dar» a la tierra, podemos pedir que nos devuelva. Como escribe José María Arguedas, «el indio no siembra sino con la bendición de sus muertos».
Esta idea del sacrificio, del contacto con lo invisible para asegurar el porvenir, también está presente en culturas como la maya, la mexica y la mapuche. En Mesoamérica, agosto era un mes de lluvias y ceremonias de fertilidad. En el norte argentino, las ofrendas a la Pachamama se hacen en cada hogar, con vino, cigarrillos y pan.
Desde lo metafísico, este mes simboliza la apertura del eje que une los tres mundos: el Hanan Pacha (mundo superior), el Kay Pacha (mundo presente) y el Ukhu Pacha (mundo profundo). Algunos terapeutas energéticos, señalan que agosto es ideal para trabajar «el perdón y la limpieza del linaje», ya que es cuando las «puertas interdimensionales están más activas».
En suma, no estamos ante simples vientos, ni ante simples coincidencias. Estamos ante un tiempo liminal, donde los signos del cielo (cometas, meteoritos), los movimientos de la tierra (sismos, vientos) y las fechas rituales (agosto y sus ofrendas) se cruzan como una coreografía ancestral. Tal vez estemos empezando a recordar que los antiguos no estaban tan alejados de la verdad: simplemente sabían leer lo que el mundo les resoplaba.
