¿CÓMO SE PREPARABAN LOS ANTIGUOS PARA ESCUCHAR A LOS ESPÍRITUS QUE YA PARTIERON?

27/10/2025

En los antiguos calendarios celtas, el año no terminaba con un día festivo ni con un banquete, sino con un silencio. Un silencio lleno de significado. Era el tiempo de Samhain, la celebración que marcaba el fin de la cosecha y el comienzo del ciclo oscuro, cuando el sol declinaba y la tierra se preparaba para dormir bajo el invierno. En ese umbral entre estaciones, los pueblos antiguos creían que el velo entre el mundo de los vivos y el de los muertos se hacía delgado, tan delgado que los dos planos podían tocarse por un instante. Era la noche en que los espíritus caminaban entre los hombres.

Pero Samhain no era una fiesta de terror, como hoy suele mostrarse bajo el nombre de Halloween. Era una celebración profundamente espiritual. Los antiguos comprendían la muerte como una continuidad de la vida, no como su final. Para ellos, los difuntos no eran sombras temibles, sino presencias que seguían acompañando desde otro lugar. Esa visión natural del ciclo —vida, muerte y renacimiento— les daba una relación serena con lo invisible.

Los pueblos celtas, creadores de esta tradición, habitaron amplias regiones de Europa occidental y central, extendiéndose desde la actual Irlanda, Escocia y Gales, hasta Francia, el norte de España, parte de Alemania, Suiza, Austria y la región de Bohemia. En tiempos remotos, antes de la expansión romana, su cultura cubría gran parte del continente. Aunque cada tribu tenía sus propias costumbres, compartían un profundo respeto por la naturaleza y una visión espiritual del mundo donde todo —los ríos, los árboles, las piedras y el fuego— poseía alma.

En los pueblos celtas, durante los últimos días de octubre, se apagaban los fuegos de los hogares. Las casas quedaban en penumbra, esperando la noche en que el fuego sagrado volvería a encenderse. Los druidas, guardianes del conocimiento, encendían una gran hoguera en lo alto de las colinas, y desde ese fuego cada familia llevaba una llama nueva a su casa. Era un acto de purificación, pero también un símbolo: el renacer de la luz interior para atravesar los meses fríos.

Esa noche, los vivos dejaban ofrendas para sus muertos: un trozo de pan, una copa de hidromiel, un poco de leche, flores secas. En algunas aldeas, se reservaba un lugar en la mesa y se dejaba una silla vacía junto al fuego, como si alguien invisible fuera a llegar en cualquier momento. Se creía que las almas regresaban al hogar para visitar a sus familias, y que debían ser recibidas con gratitud y sin miedo. En otras regiones, las puertas y ventanas se abrían para permitirles entrar y salir libremente.

El aire de Samhain tenía su propio aroma. Se mezclaban el humo del roble, la salvia que ardía para limpiar el ambiente, y el olor de las manzanas asadas, símbolo de la vida eterna. Algunos tejían coronas con ramas secas y bayas, que colgaban en las entradas como protección. Todo tenía un propósito. Todo estaba pensado para mantener el equilibrio entre el respeto por los espíritus y la armonía con los vivos.

A diferencia de las versiones posteriores de Halloween, los antiguos no buscaban “invocar” a los muertos. Lo que hacían era escuchar. Creían que los espíritus hablaban a través de señales: un viento repentino, el parpadeo de una vela, un sueño intenso, o incluso una mariposa que aparecía en pleno frío. Era un lenguaje sutil, hecho de símbolos y sensaciones, que requería sensibilidad más que superstición.

En muchas culturas de la misma época —desde Irlanda hasta los pueblos galos o escoceses— existía una costumbre similar: encender luces para guiar a los difuntos. Esa costumbre derivó siglos después en las linternas de calabaza. En el origen, se tallaban nabos o remolachas, con velas en su interior, y se colocaban en las ventanas o los caminos. Eran pequeñas estrellas de fuego destinadas a iluminar el regreso de las almas.

Los ritos de Samhain tenían también una función social y psicológica. Eran un momento de reflexión sobre el paso del tiempo, sobre lo que debía morir para que algo nuevo naciera. Era el cierre del año espiritual. Los campesinos agradecían la cosecha, los ancianos recordaban a sus antepasados, los jóvenes pedían protección para el invierno. Cada gesto tenía un sentido de continuidad: todo lo que muere, vuelve bajo otra forma.

Con la expansión del cristianismo, muchos de estos ritos fueron absorbidos o transformados. Samhain se convirtió en el Día de Todos los Santos y el Día de los Difuntos, pero el alma del antiguo festival sobrevivió. Bajo nombres distintos, el mismo impulso persistió: honrar a los que ya no están, comprender la muerte como tránsito, y reconocer el poder invisible que habita más allá del cuerpo.

Las brujas, herederas de ese conocimiento ancestral, guardaron en secreto las prácticas del antiguo Samhain. En sus rituales, encendían tres velas —una por los antepasados, una por el presente y una por las generaciones futuras—, trazaban un círculo de protección y meditaban en silencio. No era un acto de invocación, sino de reconocimiento: un recordatorio de que todos pertenecemos al mismo ciclo de energía.

Algunas mujeres de sabiduría preparaban infusiones con romero, ajenjo o milenrama, plantas que se creían útiles para abrir la percepción. Otras realizaban lecturas de fuego o de agua, contemplando las formas que emergían, buscando mensajes o símbolos. En ciertos pueblos, los jóvenes escribían deseos o preguntas en hojas secas y las arrojaban al fuego, confiando en que los ancestros llevarían sus palabras a lo invisible.

Para los antiguos, el mundo espiritual no era un misterio abstracto, sino una dimensión viva. Creían que los límites entre la materia y el espíritu se movían, que todo estaba entrelazado. Por eso, en la noche de Samhain, el miedo no era el invitado principal. Era una noche de respeto, de escucha, de humildad ante el misterio de la existencia.

Hoy, aunque Halloween se asocie a disfraces, máscaras y risas, algo de ese espíritu antiguo todavía resuena. Hay quienes encienden una vela por sus muertos, quienes sienten una presencia en el aire o un recuerdo que se hace más nítido. Y aunque las formas cambien, el fondo sigue siendo el mismo: una conversación entre mundos.

Escuchar a los que partieron no significa buscar fantasmas, sino abrir el corazón a la memoria. Significa entender que la vida no se corta con la muerte, sino que se transforma. Cada pensamiento, cada acto de amor, cada recuerdo sincero, es una manera de mantener viva esa conexión invisible que nos une.

El llamado de los espíritus, entonces, no es una voz que viene desde afuera, sino un eco que nace dentro. Es el alma recordando su propio linaje, su raíz antigua, su parentesco con todo lo que ha sido y será. Cuando el viento sopla fuerte y las velas titilan, los antiguos dirían que el velo se ha movido, y que una presencia amable ha cruzado por un instante el umbral.

Quizá por eso, aún hoy, en la noche de Halloween, cuando las luces se apagan y el silencio se hace más hondo, hay quienes sienten que algo los observa con ternura. No es miedo. Es memoria. Es la certeza de que la vida y la muerte conversan en secreto, y que basta un gesto —una vela encendida, una oración, un pensamiento— para que esa conversación continúe.

Y así, cada año, cuando el ciclo vuelve y la oscuridad se adueña del cielo, los vivos y los muertos vuelven a encontrarse. No para asustarse, sino para reconocerse. Porque, en el fondo, todos somos viajeros del mismo camino, cruzando una y otra vez el umbral del misterio, guiados por esa llama que nunca se apaga: la llama del espíritu

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