AYA MARCAY QUILLA: LA LUNA DE LOS MUERTOS

31/10/2025

Dicen los abuelos que noviembre no es un mes cualquiera, sino el tiempo en que la tierra respira y se abre. Los antiguos lo llamaban Aya Marcay Quilla, “la luna de los muertos levantados”. Era la duodécima luna del calendario inka, cuando el ciclo agrícola había concluido y el mundo se preparaba para la cosecha. En ese tránsito entre la vida y el descanso, el Aya, el espíritu del difunto, emprendía su largo retorno hacia los suyos.

El cronista Guamán Poma de Ayala, en su Nueva Crónica y Buen Gobierno, relató con asombro aquel rito que sobrevivía entre los pueblos del Tahuantinsuyo:

“En este mes sacan los difuntos de sus bóvedas que llaman pucullo, y les dan de comer y beber, y los visten con sus mejores ropas… bailan y cantan con ellos por las calles, y luego los vuelven a enterrar con vajillas de plata, oro o barro, según su rango.” No era una fiesta de lamento. Era una celebración de retorno.

Las almas viajaban desde el Ukhu Pacha, el mundo profundo, cruzando los vientos y montañas hasta reencontrarse con su linaje. Por eso los vivos preparaban mesas abundantes, chicha recién fermentada, panes y maíz tierno: era una forma de acortarles el camino.

El fuego encendido, las flores, las semillas… todo ayudaba a orientar al viajero invisible. Los sabios sostenían que la Tierra es un ser vivo, que respira con los astros y sangra con las lluvias. En estas fechas, cuando la luna se hincha sobre los Andes, la Pachamama abre sus portales: el polvo se levanta y el alma de los muertos, su ajayu, sale de los pucullos para visitar los antiguos hogares.

Nada está del todo muerto. Incluso las momias conservan su energía vital, el kamaken, fuerza que late en los huesos, en el cabello, en las uñas que siguen creciendo en silencio. Durante este mes sagrado, los olleros fabricaban enormes botijas para fermentar la chicha ritual. En cada casa el olor a maíz y fuego se mezclaba con el humo de las velas, mientras las familias esperaban a los suyos para compartir mesa con ellos.

LA PESTE Y LA PROFECÍA

El Aya Marcay Quilla, ya en los tiempos de la Conquista, se transformó. Cuando el sarampión, la “peste negra” llegada desde Panamá, empezó a arrasar pueblos enteros, los indígenas siguieron honrando a sus muertos con los mismos rituales antiguos. Antes que Pizarro pisara estas tierras, el inca Huayna Cápac había sido alcanzado por aquella enfermedad desconocida. Murió lejos del Cusco, y su cuerpo momificado fue llevado desde Tumpipampa hasta el corazón del imperio.

Durante su largo traslado, el pueblo se agolpaba para verlo pasar, sin saber que al rendir homenaje al Inka también recibían la muerte en sus cuerpos. Dicen que fue entonces cuando los inkas comprendieron que los dioses habían cerrado el ciclo del Tahuantinsuyo. Pero ni el fuego ni la enfermedad pudieron borrar su rito de memoria: honrar a los muertos era una manera de mantener viva la tierra.

Con el paso del tiempo, la Iglesia Católica adoptó la fecha en el calendario: el 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos. Pero bajo los rezos y las flores europeas siguió latiendo el antiguo pulso andino: el de los Aya, los caminantes de la otra orilla.

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