Quien no ha oído hablar de las famosas calaveritas que cuidan las casas. Hoy en día aunque se ve poco, es común encontrar historias de los estudiantes de medicina que después de conseguir una cabeza humana para estudiar (provenientes de donadores o en casos más raros de saqueadores de tumbas) llegan a encariñarse, con sus “pacientes”, y lejos de devolverlos o enterrarlos, pasan a formar parte de sus altares caseros, a veces rebautizados o no, suelen ser rezados, o al menos les colocan una velita en todos santos, y ellos en retribución suelen ser fantasmagóricamente agradecidos, expulsando a los pobres ladrones que tienen la mala surte de ingresar en esas casas. Suelen silbar, cantar, provocan ruidos, o incluso se aparecen físicamente y son capaces de golpear a cuantos disturben su nuevo hogar. Pero profundicemos.
En el Perú, el culto a las calaveras, conocido en muchos lugares como el culto a los machulas o wakas, es una tradición profundamente arraigada que combina herencias prehispánicas y prácticas populares contemporáneas. Desde épocas andinas antiguas, los cráneos de los ancestros eran conservados los pukullos, o casas, como una forma de mantener viva su presencia y recibir protección, fertilidad o buena fortuna. Esto pervivió de modo sorprendente. En Cusco, se han registrado prácticas donde ciertos cráneos familiares son sacados en procesión durante fechas de Todos los Santos, alimentados simbólicamente con chicha o coca, y tratados como un miembro más de la casa. En el centro histórico solían verse en las entradas de las casas en las partes más altas de los dinteles, en una oquedad, tipo urna en la pared.
En Arequipa, el culto a las calaveritas protectoras, se conserva en antiguas viviendas de Cayma, son usadas como amuletos para resguardar terrenos agrícolas o para proteger a los habitantes de enfermedades (aún se ve esta costumbre en el escarbo de huesos). En zonas campesinas del valle del Chili se acostumbraba, hasta entrado el siglo XX, colocar cráneos humanos en pequeñas apachetas o en los límites de chacras como guardianes espirituales, práctica heredera del antiguo culto a las mallquis de los pueblos puquina y collagua.
Estas tradiciones, lejos de ser macabras, muestran una visión profundamente espiritual del mundo andino: la muerte no es ausencia, sino compañía; los huesos no son restos, sino puentes vivos entre el presente y el linaje ancestral que sigue velando por los suyos
