Durante siglos permaneció oculta entre los fríos paisajes de Espinar, en Cusco. Cubierta por ichu, tierra y silencio, parecía apenas un conjunto de piedras abandonadas en medio de los pastizales andinos. Los pobladores conocían el lugar, pero pocos imaginaban que debajo de aquellas estructuras erosionadas por el tiempo descansaba uno de los complejos ceremoniales más importantes del antiguo mundo incaico. Hoy, tras años de excavaciones y nuevos descubrimientos arqueológicos, T’aqrachullo comienza a ser reconocida como una verdadera ciudad perdida de los incas.
La reciente publicación de National Geographic ha convertido al sitio en uno de los hallazgos más impactantes de la arqueología peruana contemporánea. Investigadores peruanos sostienen ahora que este complejo podría corresponder al mítico templo de Ancocagua, una ciudad ceremonial mencionada en antiguas crónicas coloniales y buscada durante décadas por historiadores y arqueólogos.
De acuerdo con la publicación, las ruinas de T’aqrachullo abarcan unas 17.4 hectáreas, incluyendo una zona a lo largo de la base de la meseta, lo que hace que sea aproximadamente cuatro veces más grande que Machu Picchu que tiene entre 13 y 15 hectáreas construidas.

UNA CIUDAD QUE APARECÍA EN LAS CRÓNICAS
El nombre de Ancocagua aparece en antiguos relatos coloniales escritos por cronistas españoles y mestizos que documentaron las tradiciones del Imperio Inka tras la llegada de los conquistadores. Entre ellos destacan Juan de Betanzos y Pedro Cieza de León, quienes describieron grandes templos ceremoniales vinculados al culto solar, rituales al agua y espacios sagrados asociados al poder político y religioso de los inkas.
Durante mucho tiempo, los historiadores pensaron que algunos de esos lugares descritos en las crónicas habían desaparecido para siempre, tal como ocurrió con otras ciudades legendarias del mundo andino. Entre ellas figuran Vilcabamba la Grande, el último refugio de resistencia Inka frente a los españoles; Paititi, la mítica ciudad escondida en la selva; o antiguos centros ceremoniales que quedaron sepultados tras guerras, saqueos o abandonos masivos.
Ahora, las investigaciones arqueológicas en Espinar apuntan a que T’aqrachullo habría sido uno de esos enclaves sagrados perdidos por siglos.
“Los investigadores llegaron a la conclusión de que este templo pertenece al grupo de sitios tan importantes como el Coricancha, Pachacámac o Guanacauri”, explicó el arqueólogo Dante Hualpayunca. “Era un lugar donde se realizaban ceremonias y donde existía una gran concentración de población”.

EL ORIGEN DE LA CIUDADELA
T’aqrachullo ya había llamado la atención de algunos investigadores que sospechaban que aquel remoto sector de Espinar escondía un importante pasado ceremonial. Entre ellos destaca la arqueóloga Alicia Quirita, una de las primeras especialistas en desarrollar estudios académicos sobre el sitio, realizando registros preliminares de las estructuras y planteando que el lugar podía tener una relevancia mucho mayor de la que se creía hasta entonces. Sus investigaciones permitieron documentar antiguos recintos de piedra, caminos y sectores ceremoniales que durante años permanecieron prácticamente ignorados por la arqueología nacional.
Otro personaje clave fue el reconocido explorador y arqueólogo estadounidense Johan Reinhard, célebre por sus investigaciones sobre santuarios de altura incas y descubrimientos como la dama del Ampato. Reinhard recorrió la zona estudiando referencias de cronistas coloniales y tradiciones locales que mencionaban antiguos templos perdidos en el sur del Cusco. Sus observaciones ayudaron a reforzar la hipótesis de que T’aqrachullo podría estar vinculado con el legendario templo de Ancocagua mencionado en las crónicas españolas. Décadas después, las nuevas excavaciones y hallazgos arqueológicos terminarían dando un renovado peso a aquellas primeras sospechas.
Los estudios indican que el complejo tiene raíces mucho más antiguas que el propio Imperio Inca. Antes de la expansión cusqueña, el lugar ya habría sido ocupado por culturas preincaicas, especialmente por grupos wari, una civilización surgida en Ayacucho entre los siglos VII y XIII y considerada uno de los primeros grandes imperios andinos. “Encontramos evidencias de ocupación wari y kana”, reveló el arqueólogo. “Eso demuestra que este sitio ya era importante mucho antes de los incas”.
Posteriormente, durante el auge del Tahuantinsuyo, la ciudadela habría sido ampliada y convertida en un enorme centro ceremonial y administrativo. Sus más de 300 recintos de piedra muestran una compleja planificación arquitectónica. Las estructuras fueron levantadas manualmente con enormes bloques labrados y unidos mediante argamasa de tierra y arcilla. “Todos los recintos fueron elaborados en piedra con herramientas líticas, porque en esa época todavía no existían herramientas metálicas avanzadas”, explicó Hualpayunca.
Los investigadores consideran que el sitio estaba relacionado con rituales dedicados al agua, al sol y a las montañas sagradas. La ubicación estratégica del complejo, rodeado por elevaciones andinas y rutas naturales, habría reforzado su importancia espiritual.
LA LLEGADA DE LOS ESPAÑOLES Y EL OCASO DEL TEMPLO
Cuando los conquistadores españoles llegaron al Cusco en el siglo XVI, muchas ciudades y templos incas fueron saqueados, destruidos o abandonados. Las campañas de evangelización impulsadas por la Corona española consideraban muchos de estos lugares como centros de idolatría. Aunque todavía no existe una versión definitiva sobre el destino de T’aqrachullo, los arqueólogos creen que el complejo fue paulatinamente abandonado tras la caída del Imperio Inka y terminó cubierto por vegetación, tierra y el paso de los siglos.
Algunas piezas ceremoniales encontradas bajo el suelo refuerzan la hipótesis de un ocultamiento deliberado. “Los incas escondieron estos objetos para que no fueran encontrados”, explicó Hualpayunca al referirse al hallazgo de cientos de lentejuelas metálicas ocultas dentro de bolsas de cuero de camélido y cubiertas con pelo animal. Ese gesto habría sido una forma desesperada de proteger objetos sagrados frente al avance español.
