A comienzos de año, las declaraciones del Arqueólogo Jorge Calero junto a Mildred Fernández encendieron titulares y viralizaron videos en redes sociales. Ambos aseguraron haber identificado el acceso a una de las legendarias chinkanas del Cusco. Que son pasadizos subterráneos que, según la tradición, conectaban templos y palacios incas del antiguo Qosqo. Su afirmación no solo reavivó la fascinación popular por estos túneles, sino que convocó a la prensa y despertó el interés de curiosos, académicos y creyentes en los misterios del mundo andino.

Lo que en principio parecía un eco más de las tantas leyendas cusqueñas, pronto se transformó en noticia con imágenes y planos logrados con georadares de alta tecnología. La ciencia los respalda. Calero y Fernández hablaban con convicción: las chinkanas no eran un mito, sino un sistema real de galerías ocultas que pronto revelarían su verdadera magnitud.
Los cronistas registraron la existencia de estos túneles. Garcilaso de la Vega menciona su peligrosidad al ser sinuosos laberintos donde te pierdes. Murúa describe una de sus bocas como semejante a la de una gigantesca serpiente. Y Squier afirma su presencia en las cercanías del Rodadero. En el siglo XIX, durante el gobierno de Ramón Castilla, el prefecto San Román ordenó sellar o detonar los accesos por el alto peligro que representaban para quienes intentaban explorarlos.
En la tradición oral. Una de las leyendas más conocidas narra que, durante la celebración de una misa en el Templo de Santo Domingo, un joven intrépido golpeó accidentalmente una pared detrás del altar. Para asombro de los presentes, emergió con una mazorca de oro en sus manos; sin embargo, envenenado por los antiguos vapores de la tierra, cayó muerto frente al sacerdote y los fieles.
En tiempos contemporáneos, el misterio fue difundido a nivel internacional por escritores como Javier Sierra. Más tarde, en la década de 1980, el investigador español Anselm Pi Rambla ingresó casualmente a una de las chinkanas y posteriormente impulsó el Proyecto Chinkana, desde finales de la década de 1990 hasta comienzos del 2000. Colosal trabajo, realizado en el Coricancha y La Piedra que Llora Sangre. Aunque sin resultados concluyentes para habilitar los pasajes subterráneos. Paralelamente, el célebre arqueólogo Manuel Chávez Ballón conocía las ubicaciones y transmitió su legado a discípulos del ámbito como Jorge Calero y Mildred Fernández, quienes continuaron las investigaciones.
Hace poco más de un mes, esa promesa dio un paso decisivo. Jorge Calero reabrió el primer tajo a una de las chinkanas que, de acuerdo con sus investigaciones, conectaría los subterráneos del Muyucmarca, a la enigmática torre circular de Sacsayhuamán.
Hoy, las miradas vuelven a posarse sobre Cusco. Calero y Fernández se encuentran excavando la llamada “Boca de la Serpiente”, la verdadera Chinkana Grande. Un acceso que, según sus palabras, está a punto de revelar la verdadera entrada al mundo secreto de los incas. Si lo logran, la arqueología andina entregaría una de las revelaciones más sorprendentes a la historia universal.
