Nació en el solemne palacio Cusicancha del Qosqo alrededor de 1390 o 1400, hija del recién coronado Wiracocha Inca y de su coya y hermana, Mama Runtu. Desde su nacimiento, perteneció a la prestigiosa Suqsu Panaka, y los servidores del palacio decían que la niña había llegado marcada por el destino, con esa serenidad propia de quienes cargarían el peso simbólico del imperio.
Huamán Poma la describe como una mujer de rostro redondo y hermoso, de ojos pequeños y boca menuda, blanquilla —quizá haciendo referencia a claridad de piel— y con manos y pies de “cuatro puntos”, una forma antigua de señalar proporciones ideales. Su carácter tenía un rasgo peculiar: incluso enojada o riendo, acostumbraba darse golpes en el pecho exclamando “¡Válgame ticse huiracocha, runacamac!”; y, según el cronista, cada vez que pronunciaba estas palabras, la gente caía al suelo.
A los 25 años, como dictaba la costumbre del linaje real, se casó con su hermano Cusi Yupanqui, quien todavía no imaginaba que se convertiría en el Inca más célebre de la historia. Ese mismo año nació su primer hijo, Tilca Yupanqui, a quien seguirían muchos otros.
En su vida matrimonial, Mama Anawarqe fue conocida por su obediencia ritual. Huamán Poma cuenta que cuando se enojaba llegaba a poner la cabeza contra el suelo hasta que su marido la llamaba, gesto de humildad y disciplina cortesana. Su vestimenta también fue registrada: llevaba lliqlla rosada, con la parte central blanca, un acso verde, una parte inferior billpinto y un chumbe colorado que ceñía su figura, colores que en la tradición andina simbolizan linaje, vida y autoridad.
Mientras tanto, el imperio se agitaba. En 1438, cuando los chancas arrasaban el valle y Huiracocha Inca huía del Cusco, Cusi Yupanqui tomó el mando, defendió la ciudad y fue proclamado por todas las panacas como primer Sapa Inca Yupanqui, el gran Pachacútec, el transformador del mundo. Desde entonces, Mama Anawarqe se convirtió en la novena Coya, señora del Tahuantinsuyo, un título que la crónica destaca con cuidado.
Durante esos años nacieron varios de sus hijos más importantes:
Inca Maitac, Túpac Inca Yupanqui, heredero directo, Tupa Amaru, Mama Ocllo (también reconocida como coya), Inca Urcon, Apu Camasca Inca
La familia real era vasta y compleja. Mama Anawarqe también tuvo hijos considerados “bastardos”: auquicunas y ñustacunac, mientras que Pachacútec mantuvo relaciones con otras mujeres, entre ellas la Quya Anawarkhi, de la cual nació Huayna Yamque. Algunas versiones antiguas sugieren que Anawarkhi podría haber sido hermana gemela de Mama Anawarqe o incluso un reflejo de ella misma en las confusas genealogías del palacio.
Los tiempos de Pachacútec y Mama Anawarqe estuvieron marcados por “hambre, sed y pestilencia”, calamidades que —según la crónica— Dios envió y que dieron origen al nombre mismo de su esposo: Pachacuti, el que remueve el mundo.
Para 1448, los chasquis trajeron otra noticia amarga: la muerte de Wiracocha Inca, encontrado muy canoso —algo poco común entre los hombres andinos— y consumido por la grandeza de su hijo. Mama Anawarqe lo recibió con gravedad, consciente de que uno de los ciclos del imperio acababa de cerrarse.
Su descendencia siguió creciendo, incluyendo nombres recordados en la memoria andina como Huamán Achachi, Apo Hilaquita, Apo Camasga Inca, Inca Mayta Yupanqui, Inca Urcon, Topa Inca Yupanqui, Tupa Amaru Inca y otros que poblarían el futuro del Tahuantinsuyo.
En 1471, murió Pachacútec. En su testamento dejó a Mama Anawarqe todas sus tierras, haciendas, chacras y bienes, un acto de reconocimiento a su lealtad, al vínculo que habían compartido y al rol fundamental que ella jugó en su reinado.
Mama Anawarqe, ya anciana, vivió algunos años más. Según Huamán Poma, murió en el Cusco a los 80 años, y dejó su hacienda a su hijo Túpac Yupanqui, en un testamento registrado en quipus. Su cuerpo fue colocado en el palacio Cusicancha, el mismo lugar donde había nacido, cerrando así un círculo perfecto de linaje y memoria.
Hoy se la recuerda como una de las Coyas más significativas de todo el Tahuantinsuyo, la única esposa reconocida de Pachacútec, la novena Coya, la mujer de rostro hermoso y palabra poderosa, cuya vida acompañó al Inca que cambió la historia de los Andes.

