El Complejo Arqueológico de Sillustani se ubica a 34 kilómetros al noroeste de la ciudad de Puno, a 3,915 metros sobre el nivel del mar, en el distrito de Atuncolla; un trayecto de aproximadamente 30 minutos en auto siguiendo la carretera asfaltada Puno-Juliaca y tomando un desvío en el kilómetro 20. En este lugar se encuentra la misteriosa laguna de Umayo, situada a 3,839 metros de altitud y con una profundidad máxima de 26 metros, la cual estuvo conectada al lago Titicaca en el pasado pero hoy dista de este unos 20 kilómetros en línea recta. En la cosmovisión andina, esta laguna —mencionada históricamente en las crónicas con nombres como Celustana, Paucarcolla o Sillustani— era considerada una pacarina o lugar sagrado de origen donde nacía la vida y la descendencia, por lo cual era el escenario de constantes sacrificios y ofrendas.

La palabra Umayo parece derivar del término aimara umayu, que significa «sudor», una justificación que algunos autores atribuyen a la salubridad o densidad de sus aguas. Sin embargo, el científico Arthur Posnansky propuso que deriva de los vocablos aimaras uma (agua) y ayu (salado).
La tradición sugiere que las chullpas existentes en el lugar son los restos de la necrópolis de Hatuncolla, localidad que quedó a poca distancia del sitio y que fue, a la vez, la capital política de las organizaciones sociales del Collao antes de la conquista de los incas. Después de recorrer un sendero en zigzag, se llega en pocos minutos a la cima, desde donde se contempla uno de los panoramas más hermosos de la región, con el lago extendiéndose hacia el horizonte en todas direcciones.
Sobre el promontorio, muy cerca del precipicio, se levantan varias chullpas de diferentes tamaños que parecen corresponder a distintas épocas o a diversas culturas andinas; unas son redondas, otras ovaladas y algunas cuadradas. Por todas partes se aprecian bloques de basalto y traquita en abundancia.
Para el destacado intelectual puneño Emilio Vásquez, el nombre Sillustani reúne las raíces quechuas sillu («uña») y llustani («resbalar»). Según su interpretación, significaría «la uña de la tierra donde se resbala». Por su parte, el investigador austro-polaco Arthur Posnansky relacionó su interpretación directamente con la mampostería de las chullpas: indicaba que las piedras están tan perfectamente unidas que, si se intenta colocar la uña en las junturas, esta se resbala. Asimismo, el célebre jesuita Ludovico Bertonio en su Vocabulario de la lengua aymara (siglo XVII, no XVIII), afirma que deriva del término sillusqatara, que significa «de uñas largas».
El explorador francés Charles Wiener, quien visitó Puno en 1875, realizó una interesante excursión a Sillustani. Cuenta que, al quedarse a dormir dentro de una de las chullpas, fue despertado abruptamente por el guía indígena que lo acompañaba, quien, espantado por el sacrilegio, le suplicó que huyera de inmediato del «círculo maldito de los gentiles».

LAS EDADES DE SILLUSTANI
El hecho de que las chullpas hayan pasado por diferentes etapas sociales y distintos usos secundarios no descarta la idea de que su diseño original pudiese tener un propósito tecnológico o espiritual totalmente diferente. Las investigaciones arqueológicas estándar indican que el ser humano llegó a los Andes hace más de 10,000 años con una cultura elemental de cazadores y recolectores. Estos grupos eran nómadas que vestían pieles, habitaban en cuevas y dependían de la naturaleza, desconociendo aún la cerámica y la arquitectura. No obstante, desarrollaron un arte parietal con fines mágico-religiosos que representaba escenas de caza. Hace aproximadamente 8,000 años, un grupo de estos pobladores llegó a la explanada de Sillustani en busca de aves y roedores, dejando como testimonio de su presencia puntas de proyectil de basalto. Este bloque inicial se denomina Periodo Lítico.
El segundo periodo es el Formativo, vinculado a la cultura Pucará. A través de los siglos, las generaciones sucesivas se adaptaron al rigor del ambiente altiplánico. Hacia el año 200 a. C., grupos asociados a Pucará se establecieron en el sector de Huacacancha, dejando evidencias de una sociedad compleja. Se postula que estos pobladores fueron los artífices de los primeros campos elevados (waru waru) y sistemas de andenería identificados en la comunidad de el trayecto a Sillustani, lo que demostraría un avanzado manejo del suelo y del agua frente a las heladas.
Posteriormente, llegó la etapa de Integración Regional con Tiwanaku. Hacia el 700 d. C., la influencia de Tiahuanaco se consolidó en Sillustani, específicamente en los sectores de Huacacancha. Los pobladores construyeron viviendas rústicas y dejaron abundantes vestigios materiales como keros (vasos ceremoniales), aunque la sede central administrativa se encontraba en el altiplano boliviano. Esta cultura expandió sus fronteras e influencias por Perú, Chile y Argentina hacia el 800 d. C. Sus restos evidencian un desarrollo excepcional en ingeniería, corte de cantería y estatuaria, además de un hito tecnológico fundamental: el avance de la metalurgia con la aparición del bronce.
Luego irrumpen los estados regionales tardíos: el Reino Colla. Hacia el año 1300 d. C., tras la desintegración de Tiwanaku, surge este reino estableciendo en la península de Sillustani un asentamiento estratégico y fortificado. Este pueblo controló un vasto territorio que se extendía desde el lado noroccidental del Titicaca hasta los valles de Arequipa, Moquegua y el norte de Chile. Hatuncolla fue la capital del reino y la residencia de los Zapana, la dinastía gobernante. A nivel de jerarquía, según cronistas como Ephraim George Squier y Pedro Cieza de León, en este lugar residía un mallku (señor supremo) rodeado de su corte de sacerdotes y funcionarios de la nobleza. La arquitectura funeraria de este periodo intermedio estuvo compuesta principalmente por chullpas rústicas de piedra y barro (pirca), donde se guardaban los cadáveres de los nobles.
La última etapa prehispánica corresponde al Imperio Inca, periodo en el que los collas quedaron bajo el dominio del Tahuantinsuyo. Hacia mediados del siglo XV, Sillustani fue incorporado formalmente al imperio. Según cronistas como el padre Bernabé Cobo y Pedro Sarmiento de Gamboa, el noveno inca, Pachacútec, conquistó el Collasuyo tras vencer al ejército colla en cruentas batallas. Esta conquista supuso el fin del auge independiente colla y generó profundos cambios estructurales en el sitio: la población civil de Sillustani fue trasladada masivamente hacia localidades vecinas como Hatuncolla o el cerro Infernillo.
Tras este abandono habitacional, el sitio se transformó en un exclusivo cementerio de élite y centro de peregrinación solar, donde residían únicamente los sacerdotes encargados del culto a las huacas y a los ancestros. Bajo el dominio inca se alcanzó la máxima sofisticación técnica, aprovechando las canteras locales de traquita para construir las famosas chullpas de piedra labrada, pulida y encajada a presión, técnica conocida como mampostería de tipo imperial o incaica. Estas majestuosas torres habrían albergado a los nobles incas residentes o a los líderes collas aliados al gobierno del Cusco. La incursión hispánica en el siglo XVI interrumpió abruptamente los trabajos, dejando numerosas estructuras terminadas a medias y bloques de piedra abandonados en las rampas de construcción (las llamadas «piedras cansadas»).
