485 AÑOS DE MAGIA EN LA CIUDAD BLANCA DE AREQUIPA

15/08/2025

En agosto, Arequipa cumple 485 años de fundación española. Y aunque las celebraciones oficiales llenan calles y balcones, la ciudad guarda otra manera de festejar: recordando las historias que laten bajo sus piedras. Porque la Ciudad Blanca no solo se cuenta en fechas y batallas; también se narra en susurros, en leyendas que han sobrevivido a generaciones, y que siguen envolviendo a quien se atreve a escucharlas.
En esta fecha de aniversario, los viejos relatos cobran fuerza, como si el Misti soplara un aliento antiguo sobre sus calles de sillar, recordando que, detrás de cada fachada, habita un fragmento de magia.

LA CASONA DE YANAHUARA: ECOS DE UN AMOR EN PENA

En la casona llamada “encantada”, con balcones que miran el valle, la historia no se cuenta en voz alta. Se dice que en el siglo XVII un encomendero español, al descubrir la relación entre su esposa y un criado, ordenó la peor de las venganzas: tapiarlos vivos dentro de una de las paredes. La casa cambió de dueños, se reformó, pero el rumor quedó. Algunos vecinos afirman que en noches calladas se escuchan golpes ahogados y pasos que no conducen a ninguna puerta. Más que un cuento de miedo, la leyenda es un espejo de las pasiones humanas, de cómo el honor mal entendido puede condenar el amor y dejarlo vagando para siempre.

EL MONASTERIO DE SANTA CATALINA: PLEGARIAS QUE NO CALLAN

Entre paredes color ocre y celeste, Santa Catalina parece un mundo aparte. Aquí no solo habitan recuerdos de santidad, como la beata Sor Ana de los Ángeles Monteagudo, sino también historias de almas que no encontraron paz. Una de las más repetidas es la de la “mujer de blanco”, la monja que vaga por los claustros silenciosos. La tradición dice que era una joven recluida a la fuerza, enviada por su familia para conservar el honor y el patrimonio. Murió con nostalgia de un mundo que nunca volvió a ver. Quienes dicen haberla visto no sienten miedo, sino una profunda tristeza, como si su figura recordara a todas las mujeres cuyo destino fue decidido sin su voz.

LA CAMPANA MONTERUDA Y LA LLUVIA PROMETIDA

En lo alto de la Catedral de Arequipa, sobre las torres que dominan la Plaza de Armas, cuelga la campana más grande de la ciudad: la Monteruda. Es de bronce, imponente y con una ligera deformidad en su estructura. Los campaneros más antiguos dicen que esa forma particular no es un defecto, sino una huella que le da carácter y la distingue de todas las demás.

Durante mucho tiempo, la Monteruda fue la campana de “arrebato”, aquella que sólo sonaba en momentos de verdadera urgencia. Su toque era inconfundible y ponía en movimiento a toda la ciudad. No era una invitación, era una orden.

La historia que la convirtió en leyenda ocurrió en 1983, en medio de una sequía que había dejado los campos secos y la tierra cuarteada. Ese año, al llegar la peregrinación de la Virgen de Chapi, se decidió hacerla sonar. El repique fuerte y grave se extendió por los techos de sillar, cruzó las calles y pareció perderse en la dirección del Misti.

Al día siguiente, la lluvia regresó. No fue una tormenta violenta, sino una llovizna constante que duró horas y devolvió la humedad a la tierra. Muchos pensaron que era sólo una coincidencia, pero para otros fue claro: la campana había llamado al cielo y este había respondido.

Desde entonces, cuando la Monteruda repica en épocas difíciles, más de uno levanta la vista esperando que, igual que en 1983, las nubes vuelvan a reunirse.

LA TALLA DEL DIABLO: UN GUARDIÁN BAJO EL PÚLPITO

En la Catedral de Arequipa, entre columnas de sillar y vitrales centenarios, existe una pieza que no pasa desapercibida: una figura tallada del diablo. No está oculta ni relegada a un rincón oscuro, sino colocada justo debajo del púlpito, como si vigilara —o soportara— el peso de cada sermón.

La historia de este singular guardián comienza en 1867, cuando Francisca Javiera Lizárraga de Álvarez Comparet, noble dama arequipeña, dejó en su testamento una suma para financiar un nuevo púlpito en la Catedral. El encargo recayó en Juan Mariano de Goyeneche y Gamio, ministro peruano en Francia, quien contrató al prestigioso taller Buisine-Rigot de Lille. Durante quince meses, los artesanos trabajaron la pieza en madera de encina —hoy casi extinta—, con un costo cercano a los 25,000 francos.

En 1879, en medio de los días turbulentos de la Guerra del Pacífico, el púlpito llegó a Arequipa y fue ensamblado por hábiles manos locales, como las de Dámaso de Romaña. El resultado fue una obra de arte religiosa imponente, pero lo que más llamó la atención fue su base: un demonio tallado con detalles inquietantes.

Su presencia no es casual. Ubicado justo debajo del lugar donde el sacerdote predica, el diablo simboliza al Maligno vencido, aplastado por la palabra de Dios. Sobre él se alzan las figuras de Cristo y los cuatro evangelistas, reforzando la imagen de la fe que domina sobre el pecado. Según el investigador Dante Zegarra López, no se trata de un gesto de veneración oscura, sino de “la demostración constante del triunfo de Dios sobre el mal”.

Con el tiempo, la figura ha inspirado rumores y leyendas. Algunos aseguran que durante las misas más solemnes se siente su mirada fija, como si el tallado tuviera vida propia. Otros cuentan que, en noches de silencio, el demonio parece sonreír con una mueca apenas perceptible, recordando que el mal, aunque derrotado, nunca desaparece del todo.

Arequipa no solo celebra sus 485 años con desfiles, fuegos artificiales o discursos; también lo hace dejando que sus leyendas circulen otra vez, como si el aniversario abriera un portal para que las voces antiguas regresen. Estas historias no son solo curiosidades: son parte del alma de la ciudad, pequeñas luces y sombras que enseñan, advierten, conmueven. Escucharlas es participar de un ritual colectivo de memoria, un recordatorio de que la magia no siempre está en lo extraordinario, sino en la manera en que los lugares nos devuelven la mirada.

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