EL AMAYPACHA: EL RETORNO DE LOS MUERTOS ANDINOS

01/11/2025

Para los Aymaras, es el Amaypacha, el tiempo de los ancestros, cuando los vivos y los muertos se buscan y se reconocen. En uno de sus dibujos más enigmáticos, Guamán Poma muestra a dos hombres quichwaymara cargando sobre los hombros a una chullpa, el cuerpo momificado de un ancestro, adornado con una mascaypacha y una ch’uspa, mientras el sol y la luna observan en equilibrio.

Sobre la escena escribió: “Aya Marcay Quilla: la fiesta de los difuntos.”

Aquel acto no era símbolo de tristeza sino de renovación. Los muertos regresaban para danzar con los suyos, y los vivos los recibían con comida, chicha y música, reconociendo que la vida solo es posible si el pasado sigue respirando entre nosotros.

El Amaypacha no es un rito del recuerdo, sino una puerta abierta entre mundos. Traducirlo como “tiempo de los ancestros” sería limitarlo. Es más bien un estado del alma colectiva, un momento donde el ajayu, la energía vital que habita en toda forma, se comunica con sus raíces más profundas.

La espiritualidad andina, nunca entendió la muerte como final. Para los pueblos del Tawantinsuyo, morir era trasladarse a otro plano, desde el cual los ajayus volvían con las lluvias del Jallu Pacha, fecundando la tierra. Era el ciclo femenino del cosmos: la Pachamama abriéndose al agua y al relámpago, mientras los ancestros regresaban convertidos en brisa, canto y trueno.

Antiguamente, los muertos eran enterrados con todo aquello que necesitarían al despertar en el otro plano: herramientas de labranza, illas, instrumentos, comida. Así, al cruzar los mundos, podían seguir trabajando, tocando y soñando.

Cuando la Extirpación de Idolatrías llegó con fuego y espada, las chullpas fueron profanadas y las momias quemadas. Pero la memoria no ardió: se transformó. De esas cenizas nació la costumbre del T’ant’a Wawa, el pan en forma de niño o alma, que hoy se comparte en los Andes como un símbolo silencioso del retorno de los ajayus.

La cosmovisión andina enseña que solo puede morir bien quien ha vivido bien. El Sumaq Kawsay o Allin Kawsay, vivir en armonía con el todo, garantiza que el tránsito hacia el otro lado sea sereno.

Por eso, el Amaypacha no es un funeral, sino una fiesta mayor del Ajayu de los difuntos: Una ceremonia de redención, tanto para los que partieron como para los que aún caminan. Durante estos días, las comunidades realizan waxt’as (mesas rituales), k’intus, despachos y tocan instrumentos de boca cerrada —pinkillos, tarkas, mohoseños— cuyos sonidos, dicen, vibran entre dos mundos.

El muquni, por ejemplo, tiene dos cuerpos separados por un nudo que representa la unión del Akapacha (mundo terrenal) y el Wiñaypacha (mundo eterno). Al tocarlo correctamente, se abre un puente invisible: el eco atraviesa el aire y los espíritus responden.

Bajo la superficie del Día de Todos los Santos sigue palpitando la antigua ceremonia solar del Aya Marcay Quilla, porque en los Andes, la muerte no es pérdida sino comunión. Cuando los fuegos se apagan y las lluvias comienzan, se dice que los Amayas (los que trascendieron) fecundan la tierra con su energía.

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