EL BANQUETE DE LAS ALMAS

04/11/2026

Cada primero de noviembre, en numerosos pueblos de los Andes, las mesas se preparan para recibir a quienes ya no están. Aparecen panes, frutas, bebidas y los platos que alguna vez fueron sus favoritos. Se encienden velas, se colocan flores y se espera la llegada de visitantes invisibles, pero presentes en la memoria familiar.

En algunos lugares, la reunión se traslada al cementerio. Las familias llevan alimentos a las tumbas, rezan, conversan y comparten una comida junto a sus seres queridos fallecidos. La muerte no ha interrumpido por completo los vínculos: los ausentes siguen teniendo un lugar en la mesa.

Desde hace milenios, distintas sociedades ofrecen alimentos a los muertos, convencidas de que necesitan sustento en el más allá o pueden regresar a visitar a los vivos.

ALIMENTAR A QUIENES PARTIERON

En el antiguo Egipto, alimentar a los difuntos era una parte esencial de los ritos funerarios. Se creía que el ka, uno de los componentes espirituales de la persona, necesitaba sustento después de la muerte. Por ello, en las tumbas se disponían mesas con panes, cerveza, carnes, frutas y otras provisiones.

También representaban alimentos en pinturas y relieves, con inscripciones que solicitaban provisiones para el difunto. Creían que esas imágenes podían proporcionarle sustento simbólico.

En algunas tumbas existían las llamadas falsas puertas, estructuras que señalaban un punto de contacto entre vivos y muertos. Frente a ellas se depositaban alimentos, pues se consideraba que el espíritu podía acercarse para recibirlos.

Los romanos también relacionaron la comida con la memoria de los antepasados. Durante las Parentalia, celebradas en febrero, las familias visitaban las sepulturas y presentaban flores, vino y alimentos. Algunos enterramientos tenían conductos por los que se vertían líquidos hacia las tumbas. La arqueología también ha documentado comidas funerarias celebradas junto a ellas.

El banquete cumplía una doble función: honrar al difunto y reunir a quienes continuaban vivos. La tumba podía convertirse en un espacio familiar donde se renovaba el vínculo entre generaciones.

En China, las ofrendas a los ancestros forman parte de tradiciones propias. Durante el festival Qingming, las familias limpian las sepulturas y presentan alimentos, incienso y otros objetos rituales. Sin compartir un mismo origen, estas prácticas mantienen el vínculo con los fallecidos.

UNA MESA PARA LOS INVISIBLES

En Europa, algunas creencias sobre el retorno de los espíritus quedaron asociadas a ciertas fechas del calendario. Una de ellas fue Samhain, celebración irlandesa que marcaba el final del verano y la llegada de la estación oscura.

En relatos medievales irlandeses, Samhain aparece como un momento propicio para encuentros con seres del otro mundo. Las tradiciones posteriores vincularon estas fechas con espíritus, hadas y visitantes sobrenaturales. En Irlanda y Escocia surgieron costumbres con hogueras, alimentos y juegos adivinatorios.

Algunas narraciones populares mencionan comida destinada a visitantes invisibles o lugares reservados para los fallecidos. La llamada dumb supper, o cena silenciosa, consiste en ciertas versiones en comer sin hablar y dejar un asiento para los muertos. No obstante, no hay pruebas suficientes para atribuir esta práctica, tal como se conoce hoy, a los antiguos celtas.

Con la expansión del cristianismo se consolidaron celebraciones dedicadas a los santos y difuntos. En la tradición católica occidental, el 1 de noviembre corresponde a Todos los Santos y el 2 a los Fieles Difuntos. La víspera de Todos los Santos recibió en inglés el nombre All Hallows’ Eve, del que procede Halloween.

Conviene distinguir estas celebraciones. Halloween evolucionó a partir de diversas costumbres europeas y norteamericanas; el Día de Muertos mexicano y las conmemoraciones andinas de noviembre incorporan tradiciones indígenas y cristianas propias. Su proximidad en el calendario no significa que tengan un origen único.

En México, muchas familias preparan altares con fotografías, velas, flores de cempasúchil, bebidas y platos preferidos por los fallecidos. Según la tradición, las almas regresan temporalmente y reciben la esencia de las ofrendas. Luego, los alimentos pueden compartirse entre los vivos.

Preparar el plato favorito de alguien es reconocer su historia y el lugar que ocupó en la familia.

LAS OFRENDAS DEL MUNDO ANDINO

En los Andes, Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos reúnen concepciones antiguas sobre los antepasados con prácticas religiosas introducidas durante la Colonia.

En comunidades del sur peruano y del altiplano boliviano se cree que las almas regresan para visitar a sus familiares. Según algunas tradiciones, llegan al mediodía del 1 de noviembre y parten al día siguiente. Para recibirlas se preparan mesas con alimentos, bebidas, flores, velas y figuras de pan, cuyos nombres y significados varían según la región.

Entre comunidades aimaras de Bolivia se conocen las apxatas, mesas de ofrendas que incluyen panes, frutas, dulces y bebidas. También aparecen figuras humanas, animales, escaleras y otros elementos relacionados con el viaje de las almas. Las escaleras suelen interpretarse como una ayuda simbólica para transitar entre mundos, aunque su significado no es idéntico en todas las localidades.

Una figura característica es la t’antawawa, pan con forma humana, a menudo decorado con un rostro y adornos de colores. Su elaboración forma parte de las celebraciones del sur andino, donde también pueden prepararse panes con formas de animales y otros motivos.

Las familias colocan en las mesas los alimentos que el difunto disfrutaba: sopas, guisos, frutas, bebidas y panes. La elección responde a una memoria concreta. Se recibe a alguien con nombre y recuerdos compartidos.

En ciertas comunidades se considera que las almas consumen la esencia de los alimentos. Después, estos se distribuyen entre familiares, vecinos y personas que acudieron a rezar. La ofrenda se convierte así en una ocasión para practicar la reciprocidad y reforzar los lazos comunitarios.

Algunos relatos atribuyen a insectos, especialmente ciertas moscas, la posibilidad de anunciar la visita de un alma. Son creencias de la tradición oral, no hechos sobrenaturales comprobados.

Pero la reunión no siempre ocurre en una casa. En numerosos pueblos, los familiares llevan alimentos hasta el cementerio y convierten las sepulturas en lugares de encuentro. El 1 y el 2 de noviembre, las visitas se acompañan de flores, oraciones, conversaciones y, en algunos casos, comidas compartidas junto a las tumbas.

En Arequipa y otras regiones del sur peruano, estas visitas forman parte de la memoria familiar. Algunas personas llevan panes, frutas, bebidas o los platos favoritos de sus difuntos. Los rituales varían: algunas familias depositan ofrendas, otras comen juntas y muchas se reúnen para rezar.

Las crónicas coloniales permiten reconocer antecedentes de esta relación ritual. Felipe Guamán Poma de Ayala describió ceremonias andinas en las que los difuntos recibían vestimentas, comidas y bebidas. Las autoridades coloniales intentaron prohibir algunas prácticas.

No sería exacto afirmar que las actuales celebraciones son idénticas a las prehispánicas. Sin embargo, la importancia de las ofrendas y de los vínculos con los antepasados permite reconocer continuidades y transformaciones a lo largo de los siglos.

En algunos pueblos, la despedida de las almas se realiza mediante rezos y ceremonias. Los alimentos se reparten, las visitas terminan y la mesa vuelve a quedar vacía. Al año siguiente, los nombres de los ausentes volverán a pronunciarse mientras se preparan sus platos favoritos.

Desde las mesas funerarias de Egipto hasta las ofrendas de los cementerios andinos, los significados de estos banquetes han sido diversos. Para unos, los muertos necesitaban alimento; para otros, regresaban a compartir simbólicamente con sus descendientes. En todos los casos, las comidas permiten expresar algo que no desaparece con el entierro: el deseo de conservar una relación.

Tal vez por eso una de las formas más persistentes de recordar a quienes partieron sigue siendo también una de las más sencillas: encender una vela, preparar su comida favorita y reservarles, aunque sea simbólicamente, un lugar en la mesa.

Escanea este código QR con tu celular para patrocinarnos y ser parte de nuestra misión. ¡Gracias por tu apoyo!

Yape
PayPal