Alguna vez escuché en la radio el origen de la tradición de las guaguas arequipeñas. Un Panadero que con las justas tenía para vivir, tenía una pequeña hija que le pedía una muñeca.
El pobre panadero tuvo que amasar y darle forma de muñeca a un pan. Una vez horneada la pieza, se la entregó a su pequeña hija quien ahora feliz, la volvió en su regalo más preciado.
En Arequipa, cada noviembre, las calles huelen a anís, horno y memoria. Es tiempo de las guaguas de pan, pequeñas figuras que nacen del fuego y la harina, moldeadas con ternura para honrar a los muertos y celebrar la vida. Estas “guaguas”, que en quechua significa niños, son panes dulces con rostro pintado o con máscaras de yeso, decoradas con vivos colores y cintas.
En Arequipa la costumbre tomó un giro particular: las guaguas arequipeñas se bautizan. En plazas, colegios o en casa, los niños eligen padrinos para sus panes; el ritual, mitad juego y mitad devoción, imita un bautizo real.
Los pequeños llevan sus guaguas envueltas en mantillas de papel, y los “padrinos” las presentan ante un “sacerdote” a veces un adulto, a veces otro niño con un ramo de flores, quien pronuncia palabras solemnes entre risas y juegos.
Luego viene la parte más esperada: el banquete y el intercambio de regalos entre ahijados y padrinos, reafirmando el vínculo de amistad y cariño. Así, cada noviembre, Arequipa revive con harina y azúcar una antigua forma de recordar a los que partieron, mientras enseña a los más chicos que la muerte no es el final, sino un motivo para seguir compartiendo el pan.
