Los antiguos sabios de Egipto, Grecia y Roma refieren la tradición heredada desde tiempo inmemorial de sus antepasados, que más allá de las columnas de Hércules, existió un gran continente habitado por pueblos de superior cultura, que bajo manifestaciones sísmicas desapareció. Quedó ya demostrado hasta la evidencia, que en el Eoceno había una comunicación terrestre entre la América del Norte y el Este de Asia, como también que se extendía tierra firme de la América Central hacia la Oceanía. Los sondajes marítimos, a profundidad, han demostrado que estas masas continentales se habían extendido antiguamente hacia el sur, hasta la Patagonia, encontrándose la parte más amplia en la región del Capricornio, mientras que en el centro se explayaba un inmenso lago.

Es de presumir que este macizo continental existía todavía en el Plioceno, sumergiéndose después poco a poco hasta una profundidad media de 2.000 a 4.000 metros. Dice Posnansky, un dato revelador, el enorme laberinto de las islas actuales del Pacífico no puede ser otra cosa que las cumbres más elevadas de un continente sumergido, los picos de una prehistórica cordillera y por esto encuéntrase una gran semejanza en las construcciones monolíticas, costumbres religiosas y étnicas, armas, idiomas y tradiciones de este enjambre de islas con las de Sudamérica. También han podido ser comprobadas con toda evidencia ciertas concordancias antropológicas de algunos grupos de razas de aquellos archipiélagos con los de este continente.
Algunos geólogos opinan que la cadena de los andes que circunda el altiplano ha sufrido varias grandes evoluciones, o sea que durante ciertas épocas se sumergía hasta cierto punto y en otras ascendía. No se puede entrar a comprobar estos hechos, sólo futuros estudios de la geología sudamericana traerán alguna luz sobre ello. El único hecho comprobado hasta ahora es que el macizo del continente sudamericano se levantó paulatinamente y con él la altiplanicie andina que en épocas remotas era la sede de una cultura floreciente y donde ya existían los megalitos que fueron levantados cuando la altura era menor en la antigua meseta que se erigió.

Aceptada como no puede menos de serlo la teoría del paulatino levantamiento de la cordillera y la meseta andina debe también ser aceptable el suponer que con la misma lentitud con que se efectuara la elevación de una gran masa terráquea se produjera el fenómeno inverso del hundimiento de otras partes más o menos considerables de ella. Estas tierras sumergidas no pueden ser otra que el antiquísimo puente terrestre que comunicaba Sudamérica y la América Central con la Oceanía, y del otro lado un continente que unía la América del Sur con África. Ahora bien, todas aquellas islas que caóticamente están esparcidas en el océano pacífico entre la América del Sur, Australia y África no pueden ser otra cosa que los últimos restos de una parte de la costra terrestre que se haya sumergida en el pacífico.

Muchas de ellas llevan restos de monumentos de una antiquísima cultura la que difícilmente se habría podido desarrollar. Si estas islas en sus tiempos no hubieran formado parte de un solo continente muy extenso. Un claro ejemplo de ello es la isla de Rapa Nui donde se encuentran grandes monolitos con cabezas de una extraña raza humana llamados moais.
Estos enigmáticos seres petrificados se encuentran mirando hacia el norte, cual si nos quisieran mostrar allí dónde están las tierras que sirvieron de sepultura a sus autores. Da la impresión de estar viendo restos arqueológicos del Cusco o de Tiahuanaco. Estos y otros monumentos en el pacífico son una página de la prehistoria que quedó escrita para enseñarnos el camino que nos lleva a un paraje de este hemisferio en donde hay tierras sumergidas que en otros tiempos formaban un gran continente. Las construcciones sobre todas aquellas islas están técnicamente en íntima relación con las que se hallan en las ruinas de la altiplanicie de los andes afirma Posnansky.
