Fue solo verlo y me asombró por gran su tamaño. Robusto aunque ya mayor, denotaba que alguna vez fue fuerte. Terno pasado de moda pero impecable. Un sombrero antiguo y pequeño, lucía un tanto ridículo en su tosca cabeza. Este anciano misterioso se me acercó y me metió conversación. Intercambiamos algunas palabras cordiales. De la nada y sin mayor confianza rompió la normalidad de nuestro coloquio y me dijo: —Soy brujo. Me sigue impresionando el recuerdo de su tosca voz, potente y sonora, además.
Al Brujo lo conocí a la salida de una conferencia sobre temas paranormales. En una vieja casona de Arequipa. El Brujo me habló de amarres y hechizos. De cómo los hacía y también me contó sobre sus extraños pasatiempos. Me dijo que en la noche salía de su cuerpo. Me explicó sobre las artes del desdoblamiento astral. Podría jurar que lo había visto antes, lo miraba y me resultaba familiar. Él intensamente me observaba y proseguía con sus relatos sobre magia negra ahora.
El Brujo me habló de la técnica ancestral del nagualismo, que consiste en que un hombre puede volverse animal, pero que según el poder de la fuerza que uno tenga, puede embrujarlos, y hasta tomar posesión de sus cuerpos.
En otro momento, me dijo que vivía cerca del Mercado El Palomar y cuando me hizo esa confesión me recorrió un corrientazo eléctrico, no podría decir que era temor, pero si algo parecido, porque yo vivo cerca de ese lugar también, tal vez por eso me parecía haberlo visto antes, quien sabe. Realmente no quería generar más confianza con El Brujo. Porque, por lo que hablaba parecía un brujo malero, aunque no tanto porque era amistoso, pero preferí guardar mi distancia. Y preferí no decirle que a lo mejor éramos vecinos. Mientras tanto seguía hablándome y hasta parecía que exploraba dentro de mi mente, me veía a los ojos. Me estaba imaginando que él sabía que yo vivía cerca de sus dominios.
El Brujo no se cansaba y seguía hablándome, me contó que su gran pasatiempo era salir de su cuerpo por las noches y meterse dentro de las lechuzas.
Recuerdo que en mi niñez ya había oído relatos similares. Cuando las leyendas y tradiciones se compartían en las noches de apagones forzados, al calor de una vela o ante una fría linterna. Mi madre me contaba que las lechuzas son aves de mal agüero que cuando uno las oye o peor aun cuando te encuentras directamente con una quiere decir que alguien morirá, y hay que insultarlas para que se vaya la muerte. Así pasó cuando murió mi abuela, una lechuza nos avisó. Y aunque no les tengo miedo, y se perfectamente que pueden tratarse solo de coincidencias. Me causan una sensación desagradable, verlas u oírlas pasar.
Volvamos al relato del Brujo. El Brujo se divertía en su forma de lechuza correteando brujas. Según él, las brujas también usaban esos animales como vehículos de posesión. A él le gustaba con su poder mental hacerlas reventar. No recuerdo exactamente como luchaba con ellas porque fue muy explícito, pero han pasado muchos años y estoy olvidando detalles. Pero si, luchaba cuerpo a cuerpo contra ellas, mejor dicho, mente a mente, contra esas malvadas brujas que el tenía como misión última, exterminar.
Me miró y seriamente me dijo que incluso, si yo quería, podía acompañarlo aquella noche astralmente. Juntos podríamos ir a matar brujas, yo rechacé muy sutilmente volverme su aprendiz y cambié el tema de conversación. Era muy insistente. Reitero no me dio miedo. Pero aproveché que la gente salía de la conferencia y me perdí entre la multitud. Quien sabe si quedé marcado por El Brujo, porque esa noche el ulular de las lechuzas, por el parque del Palomar, no me dejó dormir más.
LA GALLINA QUE CANTA COMO BRUJA
En los pueblos húmedos y brumosos de Galicia, donde el viento arrastra secretos entre los maizales y las piedras cubiertas de musgo, existe una advertencia que ha cruzado generaciones: si una gallina canta como gallo a medianoche, no es ave… es bruja.
Las meigas —como se conoce a las brujas en el norte de España— no siempre vuelan montadas en escobas. A veces prefieren moverse entre sombras, camufladas en la cotidianidad de los corrales. Se cree, según recopilaciones del folclorista Xesús Taboada Chivite, que muchas de ellas eligen el cuerpo de una gallina, de preferencia negra, para visitar casas sin levantar sospechas. Ponen un pie en el mundo de los vivos con plumas suaves, ojos brillantes y un cacareo apagado… hasta que alguien las descubre.
Una versión recogida en aldeas del interior gallego, conservada en el Archivo de la Tradición Oral Gallega, cuenta que una anciana solitaria murió en circunstancias extrañas, y desde entonces, una gallina negra comenzó a aparecer cada noche en los patios. Intentaron atraparla sin éxito. Hasta que un niño, cansado del miedo, le lanzó una piedra. Al día siguiente, el cuerpo de la anciana apareció misteriosamente fuera de su tumba, con la cabeza rota y plumas negras enredadas en su ropa.
En otras versiones orales transmitidas en la región de Lugo y Ourense, la meiga-gallina no busca hacer daño, sino vigilar. En la noche de San Juan, cuando los portales entre mundos se abren, se dice que ciertas gallinas caminan en círculo, murmurando con voz humana. Quien logre escucharlas, podría volverse loco… o entender un secreto del Más Allá. Esta creencia también fue documentada por investigadores de la Universidad de Santiago de Compostela en estudios sobre mitología rural gallega.
La Iglesia intentó erradicar estas prácticas, pero nunca lo logró del todo. Muchos aún bendicen sus gallineros con agua santa, y si una gallina canta como gallo —una anomalía rara pero biológicamente posible—, la sacrifican, temiendo que se trate de un signo de posesión o de brujería, como advierten textos de moral cristiana del siglo XIX.
¿Mito rural o eco de una antigua sabiduría? ¿Una advertencia en clave femenina? Quizás las meigas sabían que, en un mundo vigilado por la razón y la religión, nada mejor que ocultarse a la vista: tras los ojos de una simple gallina. Porque hay noches en que el canto no anuncia el alba… sino el regreso de lo oculto.
