LA GALLINA QUE CANTA COMO BRUJA

31/07/2025

En los pueblos húmedos y brumosos de Galicia, donde el viento arrastra secretos entre los maizales y las piedras cubiertas de musgo, existe una advertencia que ha cruzado generaciones: si una gallina canta como gallo a medianoche, no es ave… es bruja.

Las meigas —como se conoce a las brujas en el norte de España— no siempre vuelan montadas en escobas. A veces prefieren moverse entre sombras, camufladas en la cotidianidad de los corrales. Se cree, según recopilaciones del folclorista Xesús Taboada Chivite, que muchas de ellas eligen el cuerpo de una gallina, de preferencia negra, para visitar casas sin levantar sospechas. Ponen un pie en el mundo de los vivos con plumas suaves, ojos brillantes y un cacareo apagado… hasta que alguien las descubre.

Una versión recogida en aldeas del interior gallego, conservada en el Archivo de la Tradición Oral Gallega, cuenta que una anciana solitaria murió en circunstancias extrañas, y desde entonces, una gallina negra comenzó a aparecer cada noche en los patios. Intentaron atraparla sin éxito. Hasta que un niño, cansado del miedo, le lanzó una piedra. Al día siguiente, el cuerpo de la anciana apareció misteriosamente fuera de su tumba, con la cabeza rota y plumas negras enredadas en su ropa.

En otras versiones orales transmitidas en la región de Lugo y Ourense, la meiga-gallina no busca hacer daño, sino vigilar. En la noche de San Juan, cuando los portales entre mundos se abren, se dice que ciertas gallinas caminan en círculo, murmurando con voz humana. Quien logre escucharlas, podría volverse loco… o entender un secreto del Más Allá. Esta creencia también fue documentada por investigadores de la Universidad de Santiago de Compostela en estudios sobre mitología rural gallega.

La Iglesia intentó erradicar estas prácticas, pero nunca lo logró del todo. Muchos aún bendicen sus gallineros con agua santa, y si una gallina canta como gallo —una anomalía rara pero biológicamente posible—, la sacrifican, temiendo que se trate de un signo de posesión o de brujería, como advierten textos de moral cristiana del siglo XIX.

¿Mito rural o eco de una antigua sabiduría? ¿Una advertencia en clave femenina? Quizás las meigas sabían que, en un mundo vigilado por la razón y la religión, nada mejor que ocultarse a la vista: tras los ojos de una simple gallina. Porque hay noches en que el canto no anuncia el alba… sino el regreso de lo oculto.

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