LAS MUÑECAS MÁGICAS DEL TAMBO DE LA CABEZONA

31/08/2025

RAFAEL MERCADO BENAVENTE

Hace poco menos de un año, una buena amiga del programa me mostró unas fotos de unas estatuillas encontradas en un antiguo tambo de Arequipa. Las vi y supe que se trataba de brujería, de una hechicería antigua. Llamé al dueño de la casona y pacté una cita con él para que me contara los pormenores del hallazgo. El encuentro demoró varios meses en concretarse. Antes de las fiestas de Arequipa de este año recién pude verlas personalmente. Grande fue mi sorpresa al saber que el heredero de las figurillas era Pablo Simons, propietario del Tambo de la Cabezona (en números anteriores ya hemos publicado los detalles históricos del inmueble, patrimonio de Arequipa).

Se trata de cuatro muñecas de apariencia de porcelana color marfil. La más grande mide cinco centímetros y la más pequeña tres. Todas están mutiladas: les faltan cabeza, piernas y brazos, excepto una que conserva la pierna izquierda. En buena cuenta, son solo torsos, pero presentan una particularidad: todas lucen un vientre abultado que simula un embarazo.

Me cuenta Pablo Simons que fueron halladas durante la restauración de la propiedad, en distintos lugares y momentos. La mayoría apareció en el piso, algunas enterradas, todas en el área correspondiente a la antigua casa familiar, hoy bautizada como el salón de las Cuatro Ventanas, donde hay cuatro puertas, cuatro sillas y, obviamente, cuatro ventanas.

Una de las muñecas mutiladas fue encontrada oculta en una pared de sillar, emparedada —o si se quiere, enterrada— en una esquina, a media altura, camuflada con el pórtico de la puerta de madera. Al notar un bulto extraño en la pared, Pablo escarbó un poco y apareció el talismán.

Pero ahí no acabó la revelación. Halló otra figura enterrada en la planta baja; de hecho, cuando la encontró pensó que se trataba de algo dejado u olvidado y que el tiempo había sepultado, pues una loza adyacente al jardín la cubría. Sin embargo, al ir descubriendo las piezas en lugares seleccionados de manera precisa para permanecer ocultas, comprendió que habían sido dejadas adrede para provocar algo. Esta quinta figura luce como una señora de la alta sociedad, obesa y sentada, con un traje azul y elegante.

Intrigado, Pablo consultó el hallazgo con las señoras más antiguas que aún habitan el Tambo de la Cabezona. Ellas no dudaron en comentarle que se trataba de brujería, muy antigua, propia de la Arequipa de antaño: brujería para no quedar embarazada, para impedir un parto o algo similar.

Recordé que hace años pude conversar con un especialista en restauración de arte. Él conocía mucho sobre estatuas y me comentó que existe un tipo particular de brujería dedicada a maldecir figuras, aunque ese punto lo quisiera desarrollar en próximos artículos.

La gran pregunta, entonces, es: ¿qué eran exactamente estas muñecas? ¿Qué función cumplían en aquel antiguo tambo arequipeño?

Las piezas que aparecieron entre muros y suelos del Tambo de la Cabezona no son simples juguetes olvidados. Sus formas y su contexto revelan un trasfondo inquietante. Para comprenderlo, debemos remontarnos al origen de las llamadas muñecas de porcelana o bisque dolls, nacidas en Europa hacia finales del siglo XVIII y popularizadas en el XIX. Alemania y Francia fueron los grandes centros de producción: talleres de Baviera, Turingia, o las célebres fábricas parisinas de Jumeau y Bru dieron vida a estas figuras, pensadas en principio como lujosos juguetes para niñas de la alta sociedad.

Pero su realismo —piel mate, ojos de cristal que parecían observar— pronto les otorgó un aura ambigua. De símbolo de ternura, pasaron a convertirse en objetos sospechosos, portadores de algo más que inocencia.

En la Europa del cambio de siglo comenzaron a circular historias: muñecas usadas en rituales de sustitución, cargadas con prendas o cabellos de una persona para actuar como su “doble” mágico; ojos de vidrio considerados puertas para espíritus; cuerpos rellenos de alfileres y clavos enterrados en cementerios para condenar a un enemigo. Inglaterra victoriana, la Francia rural o la Alemania bávara registran juicios y testimonios de estas prácticas. Incluso en Nueva Orleans, hacia 1903, la policía incautó muñecas de porcelana alteradas para rituales de vudú europeo, con ojos ennegrecidos y cabellos humanos cosidos a sus entrañas.

Sin embargo, no todo era condena. En algunos rincones de Europa del Este se las usaba como talismanes protectores: se colocaban en ventanas para distraer a espíritus malignos o junto a la cama de los niños para “absorber” enfermedades y pesadillas, descargando luego esa energía negativa al enterrarlas. En la Francia finisecular, una muñeca vestida de blanco podía bendecir matrimonios y simbolizar prosperidad.

Vistas desde esta perspectiva, las muñecas halladas en Arequipa se revelan como objetos de poder. Su mutilación no es un accidente: responde a la lógica de ciertos rituales en los que eliminar cabeza y extremidades aseguraba que la figura no “tomara vida” ni atrajera presencias indeseadas. El vientre abultado, en cambio, concentra toda la fuerza simbólica: ahí residía el ruego, la condena o el deseo de interferir con la maternidad.

De ahí la interpretación de las vecinas antiguas: brujería para impedir embarazos, para maldecir partos, para torcer la fertilidad. Cada torso enterrado en muros y suelos parece un eco material de esas prácticas. ¿Eran ruegos desesperados de mujeres frente a partos fallidos? ¿Eran maleficios contra familias rivales? ¿O un siniestro legado importado desde Europa y adaptado a la tradición andina de ofrendas ocultas en casas y tambos?

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