LA SECRETA FUNCIÓN DE LAS CHULLPAS DE SILLUSTANI

Históricamente, la función primigenia de Sillustani ha generado opiniones encontradas basadas casi exclusivamente en la interpretación de sus torres. Posnansky, junto a investigadores como Ibarra Grasso, Florentino Ameghino, Jacques de Mahieu, entre otros, propusieron una idea aún hoy polémica: un origen auténtico de la raza humana en tierras americanas, con migraciones muy tempranas entre América, Europa, África y Asia, en eras en las que existían múltiples puentes continentales. Estos puentes habrían desaparecido tras el aumento del nivel del mar provocado por drásticos cambios planetarios, procesos que hoy comienzan a ser descubiertos por nuevas corrientes de investigación arqueológica alternativa. Respecto a los grandes megalitos, Posnansky sostenía que fueron el resultado de un largo proceso de ensayo y error a lo largo de milenios, llevado a cabo por una raza autóctona americana que, posteriormente, habría recibido la influencia de una estirpe altamente inteligente, llegada probablemente durante las grandes migraciones ocurridas por los terremotos y cambios planetarios antes del Younger Dryas (Dryas Reciente).

Posnansky distingue claramente dos grandes épocas: el Tiahuanaco primitivo o primer periodo, ligado al origen mismo del continente americano. Aquí, los hombres evolucionados de Tiahuanaco encontraron en la meseta del altiplano un clima ideal, muy distinto al actual, ya que la región se hallaba a menor altura y no sufría las condiciones extremas que hoy conocemos. En ese periodo, estas culturas, hace miles de años, se habrían desarrollado utilizando metales hallados de forma natural y accesible en cuevas cercanas a Tiahuanaco.

El Tiahuanaco megalítico o segundo periodo, cuyo esplendor habría alcanzado la perfección en las artes, agricultura y arquitectura, serían los padres de los enigmáticos megalitos de Pumapunku y Tiahuanaco. Su apogeo se ubica aproximadamente hace 15,000 años. También revisamos la existencia de una era de convivencia entre animales, hoy extintos, y los antiguos hombres de los Andes, rodeados de una flora también extinta o venida a menos.

El ocaso de esta gran civilización se habría producido por los profundos cambios climáticos ya mencionados, por las migraciones en busca de territorios más favorables, por invasiones de etnias guerreras y por guerras fratricidas internas. Sin embargo, esta cultura megalítica no desapareció de inmediato; tuvo un epílogo, un último intento de reorganización en lo que sería el refugio final de los príncipes de la era megalítica: Sillustani. Recordemos, además, que según las tradiciones preincaicas y las crónicas más antiguas recogidas en el libro Copacabana de los Incas —recopilado por el padre fray Baltasar de Salas, quien recogió el saber de amautas andinos que leían antiguos khipus y quillas (cuerdas y tablillas de oro)—, se resguardaba el saber perdido de antes de los incas.

En el texto se menciona la existencia de seres gigantes llamados «los Chullpas» o «los Tainas» que habitaron estas tierras y desaparecieron tras el diluvio universal andino. Hoy repasaremos esta última era: la decadencia y el final de Tiahuanaco en las costas y montañas del lago Umayo, en Sillustani. Analizaremos las últimas construcciones, las claves heredadas por los antiguos y su posible conexión con culturas megalíticas del planeta.

Dice Arthur Posnansky: «Los únicos monumentos en las proximidades del lago Titicaca que pueden pertenecer a la época del Tiahuanaco megalítico, juzgados por su estilo, son las ruinas de Sillustani en el lago de Umayo, cuyas aguas comunicaban, en tiempos de florecimiento de la metrópoli andina, con el Titicaca. Esos monumentos no son ni sepulturas ni graneros, ni tampoco ninguna de esas cosas que nos cuentan algunos viajeros que, sin compenetrarse en el espíritu de aquellos tiempos, han estudiado superficialmente los monumentos arqueológicos del altiplano. Esas construcciones eran las viviendas de los jefes de un gran pueblo que allí existía, cuyos restos pueden actualmente verse, y que serían los últimos destellos de la cultura del Tiahuanaco después de la destrucción de la gran metrópoli».

«Las diminutas habitaciones que contienen son iguales, tanto en tamaño como en construcción, a las que tenían los jefes o sacerdotes de Tiahuanaco. Un complicado sistema de canales y obras hidráulicas que se hallan todas en comunicación con el lecho actualmente seco son otras tantas pruebas patentes de la extensión del lago en el segundo periodo de Tiahuanaco. Después del segundo periodo de Tiahuanaco, el lago bajó más y más hasta llegar al nivel actual».

«Acerca del enorme espacio de tiempo transcurrido entre aquella época y la actual, apenas es posible formarse un juicio si se toma en cuenta el lapso que ha sido necesario para que el lago perdiera, por inmersión y evaporación, tan enorme cantidad de su volumen que lo redujo a un nivel tan bajo como el que tiene ahora. Es notorio que el lago sigue descendiendo aún. Sillustani es el último legado; parece que los sobrevivientes o descendientes de la casta o grupo dominante de Tiahuanaco megalítico de la segunda y tercera época han procurado, como último esfuerzo, edificar en distinto sitio una nueva metrópoli».

Lo hicieron en el lugar denominado Sillustani, al noroeste y a orillas del lago Umayo (palabra aimara que significa «agua de la cabeza» o «agua profunda»), que en aquellos tiempos se comunicaba probablemente con el gran lago. Las imponentes ruinas de aquel pueblo sobreviven hoy todavía. Posnansky refutó a varios viajeros e historiadores que a su paso por estas tierras elaboraron desinformadas opiniones que hoy son verdaderos tótems incuestionables de corrientes predominantes que niegan el origen antediluviano de Tiahuanaco.

Posnansky los refutó de la siguiente manera: «Sobre las chullpas de Sillustani, algunos viajeros las han clasificado resueltamente como monumentos fúnebres, concepto totalmente errado. Estas chullpas, llamadas de Sillustani, son las viviendas de aquella época remota y una especie de evolución de las viviendas de Tiahuanaco».

«Probablemente en sus tiempos llevaba aquel lugar el nombre de Hatunkolla, nombre que actualmente se da a un pueblecito que se halla cerca de las ruinas. En el tiempo en que se hizo Sillustani, al final de esa era, ya en aquel momento comenzó el despueble del altiplano, debido a que este principiaba a enfriarse y volverse inhospitalario. Por este motivo y por guerras fratricidas sucumbieron los últimos restos de un poderoso dominio, que fue la cuna de la cultura americana».

Existen hipótesis alternativas que sugieren que las chullpas de Sillustani, al igual que las pirámides de Egipto, podrían haber tenido una función secreta más allá de la puramente funeraria. Un ejemplo histórico de este misterio es la experiencia de Napoleón Bonaparte en la Gran Pirámide de Keops. Se dice que Napoleón, buscando emular a Alejandro Magno y Julio César, pidió pasar una noche a solas en la Cámara del Rey.

Tras permanecer siete horas en el corazón de la estructura, salió pálido y visiblemente perturbado. Cuando se le preguntó qué había experimentado, respondió crípticamente: «Aunque se los dijera, no me lo creerían». Desde una perspectiva física, la acústica extraña de la cámara, la falta de ventilación y la oscuridad absoluta pueden inducir estados alterados de conciencia.

Investigadores modernos han demostrado que las estructuras megalíticas egipcias logran una amplificación psicoacústica exacerbada. El sonido de los latidos del corazón y el flujo sanguíneo reverberan en la piedra, retornando al sujeto como un mantra amplificado que puede facilitar visiones o experiencias trascendentales. Investigadores de campo han relacionado este fenómeno con las chullpas de Sillustani.

Bajo esta óptica, no serían meras habitaciones o tumbas, sino auténticas campanas de reverberación, diseñadas para la ejecución de oraciones sagradas o mantras. En estos recintos, la amplificación acústica, posiblemente potenciada por el uso de plantas visionarias, permitiría a los chamanes y líderes religiosos acceder a otras dimensiones de conciencia. Allí adquirirían el poder y el conocimiento necesarios para gobernar a sus pueblos, conectando con realidades no ordinarias.

Esta teoría tiene fundamentos en otras culturas peruanas donde los rituales sonoros están plenamente demostrados, como en Chavín de Huántar con el «rugido del jaguar». Este era recreado mediante corrientes de agua subterránea que fluían por laberintos de túneles o ménsulas, creando una atmósfera sobrecogedora para los chamanes que ingresaban bajo los efectos de plantas místicas como el San Pedro. En Ollantaytambo o Machu Picchu existen salones megalíticos con hornacinas o vanos ciegos que poseen propiedades acústicas específicas.

Al proyectar la voz en ellos, el sonido se amplifica y vibra en el cuerpo del orador. En conclusión, la chullpa de Sillustani podría entenderse como un instrumento tecnológico-espiritual, un espacio donde la arquitectura de la piedra actuaba como un puente entre el sonido humano y el conocimiento divino, permitiendo a la élite gobernante morir simbólicamente para renacer con sabiduría. Curiosamente, una planta maestra visionaria es la ayahuasca.

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