Si deseas encontrar duendes en Arequipa, sin duda alguna podrás hallarlos en las historias de los habitantes de Cayma y Yanahuara. No dudo que aún estén escondidos en otros distritos, pero, por excelencia, su primer hogar fueron las chacras y los grandes huertos de antaño.
La modernidad, la luz eléctrica y el progreso los han ido desplazando, pero los que se resisten a ser olvidados se encuentran inmortalizados en los dichos de los antiguos. ¿No me creen? Pues vayan a Yanahuara y miren el primer arco inaugurado en 1970; allí se escogió un verso del ilustre José Luis Bustamante y Rivero, para inmortalizar a estos seres sobrenaturales, extraído de su poema Ciudad que fue:
“La calle que nadie recorre, la lámpara que no se enciende, un barrio tortuoso habitado por gente que tiembla al escuchar sobre un duende (o el diabólico andar de una bruja)”.

Quiero que juntos repasemos algunas de las más célebres leyendas y disertaciones sobre estos escurridizos y traviesos personajes. Reproducimos a continuación un breve extracto del escritor Tomás Guillermo Vizcarra Carbajal, autor arequipeño estrechamente vinculado al folclore y las tradiciones locales:
Es cosa establecida que nuestra tierra no gozó desde antaño de paz nocturna, a causa de los duendes; y por otra parte, habiéndose comprobado, sin margen a error, su retozo en la ciudad desde 1540, año en que la fundara el Magnífico Señor don Manuel Garcí de Carbajal, según me refirieron algunos vejestorios probos muy conocedores del objeto de esta crónica—, era de verdadera desazón y tortura, pues, en llegadas las siete de la tarde, comenzaban los estruendos, trastornos y pellizcos, a más y mejor; que con tanto sobresalto y alboroto se hacía problemático no sólo entrar en los cuartos oscuros, sino hasta el trajín por las calles apartadas. Los señores duendes, libres a su antojo y regocijo, iniciaban entonces el pandemónium de sus farsas, infundiendo al vecindario espanto y escalofrío.
Y bien; en aquellas espeluznantes circunstancias, el señor obispo, don Juan de Cavero y Toledo, pensando en el ornato de la naciente ciudad, mandó construir una pila ornamental en la Plaza de Armas, y el artífice y fundidor, a quien encomendase su fábrica, no pudiendo soportar el estrago que en su menuda descendencia hacían los duendes, cogió cierta noche a uno de ellos, tomó su molde en yeso, y luego, según la matriz obtenida, vació en bronce al Tuturuto, que admiramos en la coronación de la fuente.
Huelga agregar que el escarmiento surtió efecto. En adelante Arequipa gozó de relativa tranquilidad, pues los minúsculos personajes, temerosos de verse erigidos en estatuas en otras plazas y paseos por construir, huyeron a Miraflores, donde hasta hoy tienen asentados sus reales.

Arrojados, mal de su grado, y ya cómodamente instalados en las faldas del Misti, en Miraflores, los traviesos siguen haciendo de las suyas sin remedio ni perdón. Es fama, el pueblo así lo murmura —y perdonen los sabios sismólogos y vulcanólogos del Instituto Geofísico de la Universidad del Gran Padre San Agustín—, que los movimientos sísmicos a los que estamos acostumbrados, no se deben a la proximidad de la Cordillera Volcánica ni menos a las fallas marinas del zócalo continental, allá en el Pacífico, sino, al retozo de los duendes, que, para vengar a su hermano convertido en Tuturuto, sacuden, de tarde en tarde, a nuestra tierra.
Ahora bien; si los hijos del Misti exhibimos en la Plaza de Armas, vale decir en el corazón de Arequipa, una estatuilla del más facineroso de los duendes; y si, de otro lado, pese a los concienzudos estudios sismológicos, continúa el sordo ruido subterráneo y el bamboleo precursor de los temblores y terremotos, no nos queda sino decir amén. En definitiva, la cosa sigue y seguirá. Hemos perdido frente a los duendes; pues, no pudiéndoseles erradicar de cuajo, permanecen impertérritos no solamente en Miraflores, sino en San Isidro. Allí, los muy taimados, han establecido una especie de cuartel general, y dan de mojicones a quienes invaden sus dominios. Veamos cómo.
Quien se atreva, niño, adolescente o adulto (moro desde luego), a pasear por los campos de San Isidro a boca de noche, quieras o no, se dará con los chiquirrifines. ¿Qué no? ¡Cuidado, valiente! Pues topándose con los camorristas, aplicando la sentencia: “Halagar con el rabo y morder con los dientes”, le harán fiestas y rondas, primero, y después… Después vendrá la clásica pregunta: “¿con que mano quieres que te pegue, con la de lana o con la de hierro?”
He aquí el acertijo que conviene conocer para no verse envuelto en la zinguizarra. Si les respondes con la de lana, ¡toma!, te dan golpes de manopla que te harán ver las estrellas del universo; y si, inadvertido, les contestas con la de hierro, te muelen a puntapiés los púdicos hemisferios a más de pellizcarte las orejas. Pero como para todo hay salvación en este pícaro mundo, aquí cuelo el secreto. Viéndolos venir con risitas chillonas y zarandeos graciosos, antes de esperar las fatídicas preguntas, se dirá muy serio: Jesús me ampare y belcebú os confunda, y todo pasará cual azul ensueño de enamorado. Aprende, pues, la jaculatoria que me la enseñó, a regañadientes doña Ninfa, una abuela de San Isidro; pero, sobre todo, no deambules a hora de ánimas por el campestre barrio, que te podría ir mal.
Yo no creo tanta patraña, empero evitaré vagabundear por San Isidro, pues de ser cierto cuanto se dice y murmura, el paseo no sería tal, sí una golpiza, que estimo muchísimo el pellejo que Dios me dio y que el señor cura, don Pepe Pipinola, cristianó en el bautismo. Que otro vaya, reciba la azotaina, y venga a contarme los golpes que recibió. ¡Adiós, lector, y buena suerte!
LOS DUENDES DE CAYMA
Para Francisco Mostajo la cosa no era tan distinta, aquí una referencia de lo que encontró en sus investigaciones esta vez por Cayma: Los duendes mestizos de ese pueblo se parecen algo a los de Andersen; pero son más pícaros. Un duende es un ser invisible para el adulto, que es impuro; pero visible para el niño que es puro o para el animal que es ingenuo; y cuando un niño llora sin causa o una cabalgadura se espanta sin motivo, la gente no vacila en afirmar que han visto duendes. Una vez pregunté al cura de Cayma de dónde salían los duendes; y el buen párroco, pidiéndome disculpas por el atrevimiento de su confidencia, me dijo algo que ahora transmito a ustedes pidiendo también disculpas por mi atrevimiento.
Me dijo: “Mire usted: las mujeres que tienen relaciones amorosas fuera del matrimonio y que no dan a luz, mean duendes”. Lo más bello de esta leyenda no es la etiología sino la versión sobre los cubículos de los duendes. Se cree que ellos viven en los lugares en que han sido engendrados, en los callejones oscuros, en los zaguanes mal iluminados o en la tibia intimidad de los maizales. Después de conocer esta leyenda, cuando recorría los campos me gustaba acercarme a los lugares donde hubiese una muchacha para preguntarle por si por ahí había duendes. Y más de una me dijo: “Por aquí no, señor. Más arriba”.

COSTUMBRES, PASATIEMPOS Y TRAVESURAS DE LOS DUENDES
Aquí les entrego una breve lista de los pasatiempos de estos perversos personajes:
Trenzar la crin y la cola de los caballos: Es uno de sus pasatiempos más populares. Durante la noche se cuelan en los establos para hacer nudos apretados o rastras en el pelaje de los equinos para usar los mechones como estribos o columpios mientras los cabalgan sin descanso. Por esta razón, muchos caballos amanecen sudorosos y agotados.
Esconder objetos cotidianos: Disfrutan hacer perder llaves, joyas, cubiertos o herramientas para ver a las personas buscar desesperadamente. Suelen mover las cosas a lugares imposibles o devolverlas días después en el mismo sitio donde ya se habían buscado.
Atracción por lo brillante y monedas: Les llaman mucho la atención los objetos relucientes, como anillos, espejos, trozos de metal, bisutería y monedas. Acostumbran recolectarlos o amontonarlos en sus escondites.
Molestar y raptar a los niños: Tienen una fijación especial con los bebés o niños pequeños. Los pellizcan, los hacen llorar por las noches o los tientan con dulces y juguetes para llevárselos al bosque, ríos o cueva lejanas. Al encontrarlos, los niños suelen estar desorientados, sucios o arañados.
Enamorarse de las jóvenes (hasta la obsesión): Cuando un duende se obsesiona con una chica, la persigue constantemente. Lanza piedras o terrones de tierra al techo de su casa, le deshace el peinado, le arroja ceniza a la comida, le pellizca mientras duerme o no la deja descansar. Según la leyenda, su obsesión puede ser tan grave que enferma a la mujer de melancolía si no se le ahuyenta a tiempo.
Enseñar vetas de mineral y cuidar tapados: El Chinchilicocuida las vetas de oro, plata y cobre. Pueden ayudar a un minero mostrándole una rica veta si este les cae bien o les hace una ofrenda (como coca, alcohol o cigarrillos). Sin embargo, si el minero rompe el pacto o actúa con codicia, el duende lo castiga o lo extravía en la mina. También vigilan los tesoros escondidos o enterrados desde tiempos antiguos. Solo revelan su ubicación a personas de buen corazón mediante sueños o señales como luces (luces malas o candelillas).
MÉTODOS DE PROTECCIÓN Y TRAMPAS PARA AHUYENTARLOS
Según la tradición oral y las supersticiones populares, los duendes son seres curiosos pero muy obsesivos y fáciles de distraer. Para librarse de ellos se emplean los siguientes métodos:
La aguja con hilo deshebrado: Se deja una aguja enhebrada, pero con el hilo deshilachado o desatado. El duende intentará arreglarlo o meter el hilo por el ojo de la aguja una y otra vez, perdiendo la noción del tiempo por su naturaleza perfeccionista.
Esparcir arena, sal, ceniza o harina: Rociar granos de arena, sal, ceniza o harina en los accesos de la casa o alrededor de la cama obliga al duende a contar cada grano uno por uno antes de poder pasar. Como suelen perder la cuenta o amanece antes de que terminen, se frustran y se van.
Si se enamora un duende: Se busca engañarlo mostrándole a otra persona, o se trata de desasear a la doncella o mozo a los ojos del duende para romper su encantamiento., también se puede alejar al joven temporalmente para que el duende pierda el interés.
Poner un cuchillo o tijeras abiertas debajo de la cama: Colocar un objeto de metal afilado (como un cuchillo con el filo hacia afuera o unas tijeras abiertas formando una cruz) debajo de la cama o almohada sirve como protección, ya que el hierro cortante ahuyenta su energía.
Tocar una guitarra desafinada: En diversas regiones folclóricas se cree que los duendes no soportan la música desentonada. Dejar un instrumento musical al alcance del duende hace que se ponga a tocarlo toda la noche hasta aburrirse y marcharse.
Decir groserías o palabras despectivas (no recomendable): A los duendes no les gusta la falta de respeto ni los insultos ruidosos. Hablarles de forma fuerte, grosera o despectiva suele espantarlos y alejarlos del hogar.
Hacer llorar al bebé: Cuando el duende está obsesionado con una persona o ronda la casa, se busca a un bebé o niño pequeño y se le hace llorar intencionalmente (por ejemplo, quitándole un juguete o dándole un pellizco leve). Los duendes le tienen un miedo y un rechazo visceral al llanto desesperado e inocente de los bebés.