Antes de que las farmacias ocuparan cada esquina, muchas casas de Arequipa tenían su propia pequeña botica. Crecía en los patios, junto a las acequias, en los huertos de la campiña o cerca de la puerta. Las abuelas sabían qué planta servía para aliviar una molestia, cuál era idónea para una infusión y cuál, según las creencias de aquellos tiempos, podía limpiar o proteger.
Las plantas ocupaban un lugar especial en la vida de nuestros mayores. Servían para aliviar males, pero también estaban presentes en rituales, costumbres y formas de protección que se aprendían en familia. Algunas estaban ligadas a historias de duendes y ánimas; otras eran respetadas simplemente porque se creía que tenían una fuerza particular. En la antigua Arequipa, la naturaleza estaba profundamente unida a la vida cotidiana, y muchas de aquellas creencias todavía permanecen en las historias que los mayores cuentan a sus hijos y nietos.
EL MOLLE Y EL MISTERIO DEL “CCAIQUE”
Si existe una planta que merece un lugar especial en esta historia es el molle. Su presencia está profundamente ligada al paisaje arequipeño y también a una tradición relacionada con la muerte que todavía se conserva en Cayma: la Fiesta de las Almas de San Gil de Cayma. Se trata de una antigua celebración funeraria dedicada a los difuntos olvidados. Durante la ceremonia se acude al cementerio para recordarlos y, como parte de la tradición, se realiza el desentierro de algunos restos, que son acompañados con oraciones y muestras de respeto. Luego de volver a colocarlos en su lugar, llega el “desccaique o descaicar”: los participantes toman ramas de molle y otras plantas y se golpean entre ellos para “sacudirse” el “ccaique”, la influencia que, según la creencia, podía quedar sobre una persona después del contacto con la tierra y los muertos.
Junto al molle aparecen la ortiga, el sauce y el membrillo, plantas del paisaje arequipeño que dentro del ritual ayudaban a desprenderse de aquello que se creía que podía quedar sobre una persona después del contacto con los muertos. Para quienes mantenían estas creencias, las plantas podían servir para curar, proteger y limpiar.

EL MEMBRILLO, ENTRE CREENCIAS Y SABORES
En este mismo ritual también estaba presente el membrillo. Sus ramas, junto al molle, la ortiga y el sauce, eran usadas para el desccaique. Pero su fruto tenía un lugar muy diferente en la vida cotidiana: era parte de la cocina tradicional arequipeña y de los dulces que llegaban a la mesa familiar.
Durante la Semana Santa, el membrillo al horno o asado era uno de los llamados “postres santos” y todavía se prepara en lugares como Sachaca. A su lado estaban las tradicionales mazamorras de lacayote, airampo y frejoles, entre otros dulces propios de esas fechas. Son sabores que forman parte de la cocina que se ha conservado en las familias y que todavía recuerda a la antigua Arequipa.
Así, el membrillo podía estar presente en dos momentos muy distintos: como parte de un ritual relacionado con los difuntos y también como un fruto que terminaba en la mesa familiar. Una misma planta, vinculada tanto a las creencias como a los sabores de nuestra tierra.
LA HIGUERA Y LOS DUENDES DE LA CAMPIÑA
Si hubo un árbol que despertó historias entre los niños de la antigua Arequipa, ese fue la higuera. En el imaginario popular peruano se la relacionaba con los duendes, y en las historias que pasaban de boca en boca también aparecían estos pequeños personajes rondando los caminos, las chacras y los rincones más apartados de los pueblos tradicionales.
Una higuera vieja, con el tronco retorcido y las ramas extendidas, parecía hecha para guardar secretos. Bajo su sombra había siempre un rincón oscuro, un lugar donde la imaginación podía encontrar fácilmente a uno de aquellos duendes que, según decían los mayores, aparecían cuando caía la tarde.
Nadie sabía muy bien dónde terminaba la realidad y comenzaba la fantasía. Pero aquellas historias formaron parte de la infancia de muchas generaciones y, de paso, enseñaban a los niños a no alejarse demasiado cuando oscurecía, a respetar ciertos lugares y a regresar a casa antes de que la noche cubriera los campos.

LA RUDA Y LA SÁBILA, GUARDIANAS DE LA CASA
La ruda ocupa un lugar especial en la memoria popular. Se la relacionaba con la protección, las limpias, el mal de ojo y la envidia. Estas creencias pertenecen a una tradición más amplia que Arequipa, pero también forman parte de los conocimientos que sobrevivieron entre las familias de nuestra región. Por eso era común encontrar una planta de ruda en el patio, el huerto o cerca de la entrada de la casa, donde se creía que podía ayudar a mantener alejadas las malas influencias.
Algo parecido ocurre con la sábila. Además de sus usos tradicionales, se extendió la costumbre de colocarla en los dinteles de las puertas, en los patios o cerca de las ventanas. En algunos hogares y negocios también se ponía detrás de la entrada o en un lugar visible, como símbolo de protección y buena fortuna.
Para nuestros abuelos, tener una de estas plantas cerca no era solamente cuestión de jardinería. Eran parte de la casa y de esas pequeñas costumbres que se aprendían desde niños, junto con la idea de que algunos espacios también podían cuidarse y protegerse.

EL CIPRÉS Y LA MEMORIA DE LOS MUERTOS
Arequipa su imagen está profundamente ligada a los cementerios. Sus formas altas y oscuras acompañan desde hace generaciones las tumbas y mausoleos del Cementerio General de La Apacheta, formando parte del paisaje de la memoria de la ciudad.
Alrededor de estos lugares también sobrevivieron pequeñas costumbres familiares. Algunas personas recuerdan que, cuando eran niños, al entrar al cementerio recibían una pequeña rama de ciprés que debían llevar en la mano durante la visita. Se decía que así la energía de los muertos no podía “agarrarlos” ni quedarse con ellos.
No sabemos hasta qué punto esta costumbre estuvo extendida en Arequipa. Es, sobre todo, una memoria transmitida por quienes la vivieron o la escucharon de sus mayores. Y quizá ahí radica su valor: en esas pequeñas instrucciones que acompañaban a los niños antes de entrar al mundo de los difuntos.
Hoy muchas de estas costumbres se están perdiendo, pero todavía quedan quienes recuerdan lo que se decía del molle, la higuera, la ruda o el ciprés. Más allá de que algunas creencias puedan comprobarse o no, todas forman parte de la memoria de nuestra gente.
Aquellas plantas no fueron solo remedios; también estuvieron presentes en las costumbres, las creencias y las historias de nuestros mayores.
Porque debajo de esas ramas no solo crece una planta, también permanece una historia.
